Por: Cecilia Orozco Tascón

Sin remedio

¡Al fin una muestra de vergüenza en el Consejo Superior de la Judicatura! O tal vez de temor ante las consecuencias incluso penales que podría acarrearles a sus magistrados la ejecución de sus planes secretos, entre los cuales estaba el de no permitir, hasta último minuto, que el puesto del inolvidable Henry Villarraga (y con él, su voto) recayera en un jurista ajeno a las componendas que allí se tejen.

 La Sala Disciplinaria comunicó ayer que no nombrará el reemplazo provisional de su amigo. Pero su anuncio no fue espontáneo: se había denunciado en los últimos días que los partícipes de los almuerzos que menciona Villarraga en sus conversaciones escandalosas con un procesado tenían listos a sus subalternos para encargar a uno de ellos. Todo quedaría, así, en familia. ¡Alcanzaron a postular a un tipo sancionado disciplinariamente para que fuera máximo juez disciplinario de otros!

Sin embargo, no hay que hacerse ilusiones. El panorama de la justicia es muy oscuro. La entrevista de Yamid Amat con Ruth Marina Díaz, presidenta de la Corte Suprema (¡uf, qué nivel!) pinta de cuerpo entero el deplorable estado del sector. No encontré una sola respuesta inteligente y menos una original. Frases de cajón o de inconsciencia total. O de cinismo, como el que reina en la Judicatura. Muestrario de afirmaciones de la vocera de la Suprema cuyo período, afortunadamente para Colombia, está por terminar: “el principal problema de la justicia es la congestión”; la solución es “aumentar el presupuesto”. En la Corte “no hay ningún tipo de injerencias políticas”...; “las diferencias (entre los magistrados) son de carácter absolutamente jurídico”; “los casos de corrupción (en el interior de las cortes) son aislados...”; las críticas a los numerosos viajes de los togados son “infundadas... y quienes las han hecho ignoran... los derechos y garantías... de los trabajadores de la Rama Judicial (porque) ese es un beneficio en virtud de que debemos dedicar muchas más de las ocho horas diarias que utilizan los demás empleados”. Y la perla mayor: los nuevos magistrados “deberían nombrarse por mayoría simple y no calificada, pues eso ha hecho que dos o tres personas impidan hacer una elección que la mayoría apoya...”.

O la señora Ruth Marina no sabe nada del país o cree que la capacidad cognitiva del ciudadano común es inferior a la de ella. Al mensajero de un juzgado no se le ocurriría decir que el pecado mayor del sistema es la congestión, en medio del asombro por la presencia de los villarragas que pululan en los juzgados y tribunales y, para desgracia del Estado de derecho, en el propio Palacio de Justicia. No existe tampoco quien diga que la solución al desbarajuste institucional y ético de la justicia es aumentar el presupuesto de la rama cuando la ejecución de este año es apenas del 37% (¡!).

Poner más billetes encima de la mesa de los honorables magistrados no cambia la calidad ética de sus despachos. De esta realidad tenemos numerosas constancias, empezando por la de la presidencia de la Suprema, perdida, en los más recientes años, entre tanta ambición. Dos anotaciones finales: 1. Alguien debería hacerle el favor a esta sacrificada de contarle que los trabajadores de más de ocho horas diarias somos casi todos: obreros, contadores, médicos, empleadas de servicio, taxistas, periodistas, etc. Ninguno tiene permisos remunerados ni “presupuesto” para cruceros. 2. Ya quisieran las cortes poder elegir a sus compinches por elección simple. Sacarían del camino a los dos o tres que en cada tribunal les impiden hacer de las suyas.

 

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