Por: Columnista invitado

Sin techo no hay derecho

Ese es el lema de una lánguida pancarta que adorna la entrada del hoy día clausurado edificio 201 de la Universidad Nacional de Colombia, sede de la Facultad de Derecho Ciencias Políticas y Sociales.

El edificio fue evacuado por orden del Fondo de Prevención y Atención de Emergencias del Distrito FOPAE el martes en la madrugada, después de que el aguacero del día lunes hiciera venir abajo parte de su techo. Como decían los estudiantes presentes, y lo repitió el decano de la facultad en una reunión pública: “llovía más adentro que afuera; en el campus había una tormenta, en la facultad era toda una catarata”.

El desplome del techo fue una tragedia anunciada. Desde hace años estudiantes, profesores, funcionarios, visitantes (y hasta los evaluadores que estuvieron la semana pasada en la visita de re-acreditación del programa de derecho) hemos visto crecer las grietas y hemos esquivado las goteras del viejo edificio. La queja de la facultad ante la rectoría ha sido permanente.  Pero no ha encontrado respuesta efectiva. 

Como no la encontraron en el pasado tantas otras facultades de la emblemática “Ciudad Universitaria”. Son múltiples los departamentos que han pasado por una situación similar sin que a nadie le haya importado. Cientos de estudiantes se han visto desplazados de un lugar a otro para aprovechar la “caridad” de otras facultades que abren sus puertas para prestar sus pocos salones disponibles, o han recibido clase en construcciones a punto de colapsar. 

El tema general de la falta de financiación de la Universidad pública, y crónico en la Universidad Nacional, en su más cruel expresión. Hoy en día agudizado por el evidente cortocircuito entre las autoridades del nivel central de la universidad y las facultades.  Cómo no tener desconfianza cuando en un comunicado público, emitido 2 días antes del incidente, el Vicerrector de Sede anunciaba con la arrogancia propia del constructor del Titanic que la “U.N no está en crisis” y que todo era cuestión de “algunos medios de comunicación” que procuraban “el desprestigio de la Universidad Nacional… proyectando una imagen de ruina de sus instalaciones físicas”. 

No se hizo necesario un iceberg. Apenas un aguacerito bastó para castigarle la lengua.

Un día después de clausurado el edificio, un nuevo comunicado - que nos recordó a muchos las respuestas de los constructores del edificio Space de Medellín - anunció que “no existe riesgo inminente de colapso de la estructura”, que se reemplazará el cielorraso existente por “superboard o drywall”, y que el edificio estará listo para retomar las clases el martes 5 de noviembre.

Ni Decano, ni estudiantes, ni profesores confían en este anuncio. “Me opongo a soluciones cosméticas”, expresó enérgicamente el decano en una multitudinaria reunión de facultad. Es tanta la desconfianza, que la facultad ha decidido contratar un interventor privado para evaluar si lo que dice la Vicerrectoría es o no sensato. Algunas versiones sostienen que una intervención de fondo tardaría entre dos o cuatro meses sin que sea posible utilizar el edificio. 

Ahora se debate en la facultad si acceder a la caridad de otras facultades que han ofrecido salones (aun sin tenerlos ellas mismas, como es el caso de la facultad de enfermería) o de paralizar actividades mientras no se aclara de manera definitiva la situación. En eso estamos: entre la parálisis o las jornadas itinerantes del derecho.  

Mientras las autoridades de la universidad - literalmente – hacen agua, y los estudiantes reciben clase frente al Ministerio de Educación,  los desarrolladores urbanos se frotan las manos viendo el colapso de los edificios. Si logran su objetivo de hacerse al estratégicamente situado terreno de la Ciudad Universitaria ya no tendrán ni siquiera que derruir los edificios. Les vamos a terminar entregando los puros escombros. 

Tristeza. Mucha tristeza da ver como en la Universidad Nacional llueve sobre mojado. 

* Profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Colombia 

@NCamiloSanchezL

 

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