Por: Carlos Granés

¿Sin tetas no hay revolución?

Son atractivas, son jóvenes y están desnudas.

Saben muy bien que estos tres elementos –sobre todo el tercero, las tetas– atraen como moscas a las cámaras, y por eso sus acciones están muy bien planificadas y ensayadas. Están en contra de las dictaduras, de las religiones y de la industria del porno, y entre sus víctimas se cuentan poderosos hombres como el autoritario Lukashenko (presidente de Bielorrusia), el bribón Berlusconi y el jubilado Benedicto XVI. Se han desnudado en iglesias, embajadas, estadios de fútbol, parlamentos e instituciones públicas de varios países, uno de ellos musulmán. Su presencia mediática es global y han abierto sedes en México, Brasil, Francia, Alemania, España, Israel y otra media docena de países. Han adoptado las tácticas del teatro de guerrillas, la provocación erótica de los sesenta y la acción directa, una mezcla explosiva que han llamado sextremismo. Son la nueva cara del feminismo; se llaman Femen.

Desde que un grupo de mujeres ucranianas –lideradas, paradójicamente, por un hombre– crearon esta organización en 2008, sus integrantes han recorrido el mundo denunciando el patriarcado y manifestándose por el derecho de la mujer a abortar, a apropiarse de su cuerpo y extender las libertades que, bien por el machismo, las leyes o los prejuicios, aún no garantizan la igualdad entre hombres y mujeres. Todas estas causas están plenamente justificadas (aunque con matices: se oponen radicalmente al porno y al hiyab islámico, cuando hay unas mujeres que libremente se desvisten y otras que libremente se cubren), y sin embargo, cuando las veo desnudas en las noticias, chillando histéricas, forcejeando con guardaespaldas y celadores que se ven en aprietos para no manosearlas, me pregunto si Femen está explotando con inteligencia la lógica del espectáculo de las sociedades contemporáneas, o si sólo es un síntoma más de nuestros tiempos: una diversión que alegra a unos, ofende a otros y sólo sirve para la autopromoción.

El activismo con elementos sexuales entraña ese riesgo en nuestras sociedades mediáticas. Todo puede quedarse en el ruido y la fama. Lo saben muy bien las divas como Lady Gaga o Miley Cyrus, que cada vez que se desnudan disparan su popularidad y sus ventas. La imagen de estas mujeres libérrimas y exitosas, seguras de sí mismas y de sus cuerpos, pueden tener impacto positivo entre algunas jóvenes. Pero utilizar las tetas como valla para eslóganes, o demostrar que las mujeres pueden guerrear como un hombre, no me parece la mejor forma de vencer el machismo y los estúpidos prejuicios que desequilibran la balanza entre géneros. Debo reconocer que me impresiona más la recatada Malala Youfsafzai, la joven afgana de 16 años que se enfrentó a los talibanes para defender el derecho de las niñas del valle del Swat a ser escolarizadas. Las cámaras siempre sentirán predilección por las tetas coloridas de Femen, pero sospecho que las mujeres del mundo se verán mejor representadas por el inverosímil valor, la inteligencia y la apuesta inquebrantable a favor de la educación de la corajuda Malala. Son las dos caras más visibles del feminismo hoy en día. Hagan sus apuestas.

 

 

*Carlos Granés

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