Por: Gloria Arias Nieto
Pazaporte

Sin tiempo para odiar

Me pregunto si el optimismo es demostración de ingenuidad o una dosis de audacia que llevamos en el botiquín de primeros auxilios para lograr sobrevivir. No soy naif ni apocalíptica, pero me resulta difícil ver a Colombia con ojos tranquilos.

No somos un Estado fallido. Así sea lánguida, permeada por la corrupción y esté amenazada por los autoritarismos de hecho, la democracia sigue siendo nuestro régimen y eso es ganancia. Basta, para confirmarlo, una repasada a lo que fueron Pinochet, Videla, Somoza o Rojas Pinilla.

Pero se necesita más que no tener una dictadura para ser un país política y socialmente armónico. A la democracia es preciso cultivarla y defenderla con inteligencia colectiva, con visión de una estructura social que dignifique a los más vulnerables y les dé oportunidades a los marginados de siempre. Una democracia que no tape con cortinas de asbesto las acusaciones contra los odebrecht, los uribes o los fiscales de turno. Si no fuera tan grave, sería casi gracioso un titular de ayer: “Odebrecht actuó solo”. ¿En serio? ¿Se autosobornó?

Llevamos más de siete meses en una crisis de identidad que oscila entre la patología y la mitología, y no hemos logrado saber si somos un país acéfalo o bicéfalo. Lo evidente es que el presidente —él solito— no preside.

Y como no aprendimos de los estragos de la polarización, otra vez quieren convertirnos en el corcho de los remolinos del innombrable. Y entre odas al Centro Democrático, presiones, engaños y mensajes de nuestros sectarios diplomáticos del pleistoceno, se insiste a punta de objecioncitas, sabotajitos y perversioncitas varias, se insiste, digo, en acabar con la JEP, ergo, en acabar con la paz. Todo en diminutivo, porque ni siquiera tienen los pantalones de llamar a este golpe mortal como lo que es: un producto hijo del miedo, de la tiranía de las armas y los odios atávicos; de los muros físicos, ideológicos y emocionales, que buscan paralizarnos pensamiento, obra y acción.

Mientras naufragamos en la discusión del sí y el no (que equivocadamente creíamos superada), este año se ha cometido en Colombia un promedio de 29 asesinatos diarios; las marchas de los indígenas y la muerte de los líderes sociales siguen sin asomo de solución; la reforma tributaria y el plan de desarrollo son la nata del caos; y el Estado de derecho va y viene de cuidados intensivos.

Algo tiene que parar este absurdo, porque nuestro consuelo no puede ser que otros pueblos están peor.

No tendríamos por qué vivir y morir sometidos a las mentiras, a las improvisaciones y amenazas de a quienes no les importa tirarse la paz y el país, con tal de proteger sus infaustos rabos de paja.

Muchos vimos estos días en Twitter el #SantosTraidor. Pues yo agradezco a quien tuvo el coraje de traicionar los círculos viciosos de la violencia, de los bombardeos y el rencor; le agradezco que haya terminado una guerra de 60 años y haya salvado 3.000 vidas.

Pero como hay bárbaros a quienes la paz o les da susto o les quedó grande, hay mucho por hacer y no es hora de pasividades. Propongo acompañar con inteligencia constructiva a personas como Juanita Goebertus, Mockus, Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo; ellos saben que no hay tiempo para odiar. Lo suyo (y ojalá lo nuestro) ha sido y será reconstruir la cultura de la verdad y la confianza, como única forma de salvarnos de nosotros mismos.

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2019-03-26T00:00:43-05:00

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2019-03-26T00:15:01-05:00

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