Sin ideas

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El balance de las votaciones termina siendo siempre el colofón de la jornada electoral, y la manipulación de los resultados a conveniencia de los participantes es el primer acto de la próxima campaña. Todos salen con prisa a cobrar o a pagar por los platos rotos, a buscar responsables y a dar explicaciones de victorias y fracasos. El balance de héroes y villanos llena las páginas de medios y las entrevistas de los protagonistas ocupan titulares para magnificar o minimizar lo sucedido.

Lo cierto, sin embargo, es que el balance electoral de un certamen regional es mucho más que las cuentas por cobrar de tirios y troyanos en las cinco principales ciudades de Colombia. En las elecciones anteriores hay fenómenos políticos que vale la pena analizar con lupa y en detalle, asuntos que van más allá de las victorias individuales y las razones para que estas hubiesen ocurrido.

Es urgente, por ejemplo, cuestionar el papel de los partidos políticos, cuya debilidad estructural se concreta a niveles sorprendentes. No solo ya es indescifrable aquello que defienden desde el punto de vista ideológico, sino que también parecen ya incapaces de ganar elecciones uninominales por sí mismos: en 26 de 32 departamentos, el candidato triunfador ganó en coalición o como líder ungido, representante de un grupo significativo de ciudadanos que nace y muere con ocasión del período electoral. Con contadas excepciones, estamos asistiendo a un proceso democrático en donde no hay reflexión política y se imponen, por lo tanto, las pasiones, los estigmas, el matoneo de las redes y el carisma de quienes participan.

Y así como representar a un partido político es un lastre, tener y defender ideas concretas sobre la cosa pública y la manera de administrarla también resulta ser inconveniente. Peor aún: innecesario. La derecha y la izquierda resultaron vergonzantes, y todos quieren esconderse en el centro político, tratando de convertirlo además en la trinchera desde donde se califica a todos los demás como extremistas.

En breve, solo será posible diferenciar a los candidatos por su foto en el tarjetón, pues sin excepción todos buscarán representar lo mismo: el centro decente, es decir, sin extremismos, avalado por grupos significativos de ciudadanos.

Pero no creo que haya que culpar exclusivamente a los políticos de la levedad de la política de nuestros días. La ciudadanía tampoco lee ni se informa, ni se toma en serio el ejercicio electoral; simplemente elige basada en la percepción desinformada de aquello que cree conveniente. Estamos, esta es la verdad, no solo en la época de las fake news, sino en la de la fake reality, en donde electores y candidatos convirtieron la contienda política en asunto de redes sociales, titulares y manipulaciones generalizadas. Se ha elevado pues la política a un alto grado de irrelevancia.

La verdad, no sé bien todavía quién ganó y quién perdió las elecciones. No tengo suficiente información para entender efectivamente quiénes son los grandes electores en Colombia y por qué lograron imponerse. Lo que no me cabe duda es que la política, el electorado y los candidatos han cambiado para siempre y que todavía nos falta mucho fondo para entender lo que sucede.

@NicolasUribe

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