"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 11 horas
Por: Fernando Araújo Vélez

Sin un peso para morir

Solía decir que despreciaba el dinero, y que si tenía algunos billetes era porque la sociedad lo había obligado a ello. Decía que el dinero era el más perfecto símbolo de la arrogancia humana, que cobrar por algo era como decirle al otro “lo que yo hago es tan bueno que vale tanto”.

Hablaba de los tiempos en los que todo comenzó, y explicaba que un hombre, un timador, debió haber comprendido que con la reiterada acumulación de algo, frutos, hortalizas, agua, lo que fuera, podría luego obtener, a cambio, cantidades de lo que deseara. Acumuló aquello que era vital para otros, y lo hizo por decenas, por cientos y miles. Acumuló por simple avaricia.

Fue el primer mercader, decía don Andrés Duarte. El primer negociante, el primer gran avaro de la historia. Luego, comentaba entre dientes, amargado, aquel primer gran negociante les enseñó sus “mañas” a sus hijos y a los hijos de ellos. Con el tiempo, los acumuladores se multiplicaron, y surgieron grupos que se especializaban en buscar y guardar elementos preciados que en lo que les quedara de vida no alcanzarían a consumir, pero eso no les preocupaba. Sus vanidades les gritaban que tener más era sinónimo de ser más. Y tenían montones de cosas arrumadas que vigilaban y cuidaban con un cuchillo entre los dientes.

Las cambiaban por otras que tampoco necesitaban, pero les daban lustre ante la pequeña sociedad deslumbrada que los rodeaba, adulaba en su presencia, y odiaba a la distancia. Siglos más tarde surgieron las monedas y se multiplicaron los acumuladores, que luego aprendieron a engañar a los incautos hablándoles de bancos, de ahorros, de intereses y demás. Don Andrés terminaba sus diatribas con una lapidaria sentencia: “Yo no pedí nacer, pero me toca hacer parte de un sistema que no apruebo”.

Luego, tembloroso, indignado, se perdía en eterno silencio durante varios días. Era su manera de vengarse de todo y de todos. Antes de morir, dejó en la gaveta de su mesa de noche un sobre con diez mil pesos. “Para mi entierro”, escribió. A la mañana siguiente falleció. Sus nietos tuvieron que sepultarlo en un lejano paraje, pues el cura del pueblo dijo que el entierro costaba veinte veces más de lo que don Andrés había dejado.

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