Por: Arlene B. Tickner

Síndrome Separatista

La de Cataluña es una historia cíclica de búsqueda de autonomía e independencia con base en un profundo sentido de identidad colectiva y de diferencia frente a la cultura, las tradiciones y el idioma españoles, y de supresión de ésta por parte de España.  El hecho de que cada 11 de septiembre se celebre la Diada, en conmemoración de la caída de Barcelona  en 1714 ante las fuerzas de Felipe V de Borbón -y que esta haya sido prohibida en distintos períodos, incluyendo las dictaduras de Primo de Rivera y Franco- es tan solo una ilustración de la sensibilidad catalana ante la discriminación y represión de las que se ha sentido víctima, y de reivindicación de sus derechos.

La pugna autonomista-independentista-centralista más reciente inició tal vez en 2010, con el truncamiento del Estatuto de Autonomía de Cataluña por parte del Tribunal Constitucional.  Luego de surtir todas las instancias legislativas y judiciales nacionales, y de ser refrendado por un 74% de los catalanes en 2006, fueron demandados algunos de sus artículos por inconstitucionales, con lo cual el reconocimiento jurídico a Cataluña como nación fue negado.  Si bien antes del referéndum estatutario de 2006 una minoría favorecía la secesión, al ver amputadas sus aspiraciones autonómicas, el respaldo a dicha alternativa creció hasta casi la mitad de la población.  Así, en 2014, cuando se realizó una consulta popular simbólica –ya que como la del 1-O, también fue declarada ilegal – un 81% se manifestó a favor de que Cataluña fuera un Estado e independiente.

En este último ciclo, cuya cúspide fue el ejercicio innecesario de violencia contra quienes pretendían votar en el referéndum (alrededor de 40% del electorado), la lección que han recibido los catalanes –que en su mayoría no son independentistas– es que con España la negociación política no tiene lugar.   Más que garantizar el orden constitucional –que ya tenía un blindaje de facto por la consideración del Tribunal Constitucional de la ilegalidad del 1-O– lo que pretendió el débil gobierno de Mariano Rajoy fue castigar a una Cataluña desobediente y enviar un mensaje de autoridad centralista al resto de España.  Además de torpes, la prohibición y represión brutal del referendo y la intervención financiera del gobierno catalán, terminaron emulando las peores prácticas del pasado, incluyendo las del franquismo, conocido por su persecución de la cultura y la lengua catalanas.

Obviamente, el Generalitat tampoco es inmune de responsabilidad, sobre todo por insistir en la vía electoral por encima de la ley y llevar la crisis a un punto de difícil retorno. La demanda de Cataluña de mayor autogobierno, autonomía y reconocimiento y respeto de sus diferencias, no solo es justificable sino que políticamente es practicable (asunto aparte tal vez es su viabilidad económica para España, ya que representa un 20% del PIB).  Sin embargo, en la medida en que el gobierno central, las cortes y los partidos sigan negando dicho anhelo, el síndrome separatista seguirá creciendo.  Cómo se resuelve este conflicto será una lección importante para otros gobiernos europeos que enfrentan reclamos nacionalistas similares, razón por la cual tal vez, la Unión Europea ha preferido (con o sin razón) mantenerse al margen.

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