Por: Beatriz Miranda

Siria, 15 años después de Irak

El 14 de abril de 2018, Donald Trump autorizó bombardeos en territorio sirio, justificados por el supuesto uso de armas químicas en la región de Duma. La acción militar fue apoyada por Francia y el Reino Unido. Después de los bombardeos, el mandatario y el Pentágono afirmaron que la “misión había sido cumplida”. Los misiles lanzados tenían el objetivo de destruir las instalaciones del Centro de Estudios e Investigaciones Científicas, un “laboratorio de armamento del régimen del presidente Bashar al Asad para evitar nuevas ‘dumas’”.

La decisión del presidente despertó nuevos temores en lo que se refiere a la guerra en Siria, que ya no es solamente un conflicto entre aliados y rivales del régimen de Al Asad. Hay intereses implícitos de algunos países que desean incrementar su poder de influencia en la región, como Estados Unidos, Rusia e Israel.

Aunque con profundo rechazo en contra del uso de armas químicas, la comunidad internacional se divide. Para Rusia, país que tiene lazos estrechos con el gobierno sirio, “Estados Unidos perpetró un acto de agresión en contra de un Estado soberano”.

Para algunos analistas, el presidente francés, Emmanuel Macron, podría encontrar con Siria un lugar para poner en marcha sus ambiciones en política exterior. La canciller alemana, Ángela Merkel, rechazó la idea de participar en una intervención militar en Siria.

Federica Mogherini, la vocera del Consejo de Asuntos Exteriores de la Unión Europea, afirmó que el uso de armas químicas es condenado en los términos más enérgicos, pero hasta ahora la Unión Europea no ha podido demostrar un mayor consenso por la situación de Siria.

En febrero de 2018 se cumplieron 15 años del discurso de Colin Powell, secretario de Estado del gobierno Bush, ante el Consejo de Seguridad de la ONU, en el que pidió la guerra contra Irak porque “poseía armas de destrucción masiva extremadamente peligrosas”. Después de años de guerra, Irak hoy es un país fragmentado y jamás pudieron confirmar esto.

Más allá del dramático escenario de miles de muertes, entre ellas muchos niños, la intervención militar estadounidense pretende disminuir el protagonismo de Rusia en Oriente Medio. Al debilitar su poder estratégico-militar y ampliar el cerco a Irán —la potencia petrolera del golfo Pérsico considerada una amenaza en la región—, despeja el camino para poner en marcha los intereses de Israel y sus aliados en un Oriente Medio inestable, transformado a la medida de sus intereses.

Pareciera ser que a los ojos del presidente Donald Trump cada misil lanzado en territorio sirio jorra petróleo y que los amos de la guerra no quieren perder el control de las grandes reservas de petróleo del mundo, aunque esto signifique la posibilidad de un conflicto con tormentosas implicaciones mundiales. Ojalá los canales diplomáticos persistan como otro camino para hacer política.

* Profesora Universidad Externado.

 

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