Por: Miguel Ángel Bastenier

¿Sísifo cubano?

PASADO MAÑANA FIDEL CASTRO cumplirá 84 años y cabe decir que por la revolución cubana —en el poder desde 1959— no pasan los años; pero por su inmovilidad, no su juventud.

En 2006 el líder histórico cayó gravemente enfermo y le sucedió en la jefatura su hermano Raúl —hoy de 79 años—, primero provisionalmente y hace dos años y medio como presidente homologado. Y desde entonces se especula con la inevitabilidad de unas reformas que nunca llegan. La reaparición de Castro el Mayor, que habló el sábado pasado por primera vez tras su retiro ante la Asamblea Nacional, debería jugar aparentemente en favor de un prietas las filas, pero el discurso de Castro el Menor, pronunciado el 1 de agosto, podría apuntar diferentemente.

A primera vista estamos ante una reedición del mito de Sísifo. A la caída de la URSS en 1991 se completó una desconexión Moscú-La Habana, que ya había comenzado años antes. El poder soviético dejaba de subsidiar por valor de unos seis millones de dólares diarios el mantenimiento de un régimen que, ufanándose de la mejor protección social de América Latina, vivía muy por encima de sus posibilidades. La reacción castrista consistió en liberalizar negocios como los famosos paladares que daban de comer a precios poco asequibles al ciudadano, entre otros micro-emprendimientos particulares. Pero el experimento duró lo que el sistema tardó en decir contrarrevolucionario.

Y hoy, de vuelta al punto cero de 1991, Raúl Castro anuncia que se legalizará algún tipo de empresa privada que pueda contratar mano de obra y cuyos propietarios paguen el impuesto sobre la renta, la Seguridad Social de sus empleados y un gravamen sobre las transacciones: el IVA. Las barberías, como modestísima contraofensiva del capitalismo, ya funcionan en régimen de arriendo. La decisión apremiaba porque el Estado subvenciona anualmente la libreta de racionamiento con unos 600 millones de euros, y otros 300 millones se destinan a los comedores obreros. Cuba importa el 80% de los alimentos que consume; su principal exportación, el níquel, baja internacionalmente, y lo propio ocurre con el turismo. En 2009 la economía creció un 1,6% contra el 6% previsto.

¿Vuelve como Sísifo el sistema a repetir un trayecto iniciado hace casi 20 años? El economista Óscar Espinosa, uno de los 75 detenidos en la primavera negra de 2003, afirma que con la contratación por cuenta ajena se rompe un tabú del régimen, pero Elizardo Sánchez, el disidente líder de la Comisión Cubana para la Defensa de los Derechos Humanos, lo considera una mueca en vez de un gesto.

El discurso del presidente en el que vagamente describió sus planes era, por demás, intimidatorio. Ningún crimen quedará impune –dijo--, porque la revolución es fuerte. Pero con imprescindible realismo también reconoció que había que reabsorber al millón de trabajadores del Estado que sobran. Y el ministro de Economía, Marino Murillo, subrayaba paralelamente en un juego de suma cero el alto valor simbólico de la palabra para el castrismo al proscribir el término reforma, que sustituía por una gerencial actualización. “Es un sistema muy, muy cubano” añadía, “que no le copiaba nada a nadie”. Cierto, porque China se dio prisa. El Castro fundador parece entregado a una última reencarnación del Rey-Filósofo, como quien deja hacer mientras habla en sus reflexiones que publica Granma directamente para la historia. Sus soliloquios transitan del diluvio universal a la felicidad del género humano.

Cuba no le debe ninguna clase de democratización a la comunidad internacional, y menos aún a Estados Unidos. Cuando el presidente Obama ordenó el 13 de abril de 2009 el levantamiento de restricciones para la visita de familiares y el envío de remesas de bienes y efectivo a la isla, podía haber esperado mayor capacidad de respuesta. Pero al conocer aquel modesto new deal que anunció el funcionario del Departamento de Estado, Dan Restrepo, de origen colombiano, Fidel Castro solo comentó: “Ni palabra del bloqueo”. Con o sin reformas, el embargo --no bloqueo-- es inadmisible. Cuba es un país soberano que ha de resolver por sí mismo sus problemas, y que solo debe esa democratización al pueblo cubano, no a los que vociferan libertad cuando lo que anhelan es el fin apocalíptico del régimen.

El camino a la democracia es el único que no repetiría el inútil trajín de Sísifo arriba y abajo con su eterno pedernal. Pedir que lo inicie Raúl Castro, y menos aún en vida del Gran Hermano, seguramente es gollería. Pero que se mueva en esa dirección, quizá, no tanto.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Miguel Ángel Bastenier

El periodismo en español (I)

Lo que pasa con Trump

Obama, “el buen vecino”

El petróleo no es bolivariano

La gran carrera a la Casa Blanca