Por: Sergio Otálora Montenegro

Sismo en Washington... ¿Y en Latinoamérica?

LA HISTORIA DA UNAS EXTRAÑAS volteretas: el mismo día en que será ungido Barack  Obama como el candidato del Partido Demócrata a la Presidencia de Estados Unidos, Martin Luther King pronunció en Washington, cuarenta y cinco años atrás, su inmortal discurso “Tengo un sueño”. No es casualidad: la heroica lucha de la comunidad afroamericana por los derechos civiles, por destruir las leyes de segregación racial, arroja uno de sus frutos más tangibles y de hondas repercusiones sociales.

Ahora, uno de los suyos, que lleva en su herencia una mezcla de etnias y de culturas, podría ser el próximo presidente de un país que no deja de sorprender por su capacidad para asimilar sus propias contradicciones. Claro, han pasado cosas terribles desde ese ya lejano 28 de agosto de 1963: linchamientos, represión, asesinatos. Racismo expresado en muchas formas, desde las más brutales, hasta las más “sofisticadas”.

El fenómeno Obama llega en un momento crucial y, por lo tanto, peligroso: el Oriente Medio más desestabilizado que nunca, entre otras cosas por la intervención gringa en Irak; los precios del petróleo y de los alimentos disparados, con efectos devastadores sobre millones de pobres; crisis hipotecaria que afecta la producción, el empleo y la confianza del consumidor; guerra contra el terrorismo que deja una deuda pública colosal que tendrán que pagar las próximas generaciones, y en el medio, una potencia militar y económica que acusa graves signos de decadencia: sistema educativo en quiebra, seguridad social amenazada, intensa competencia de las economías emergentes.

En comparación con el estadounidense,  los pueblos de la China y la India, por ejemplo, le llevan años luz en espíritu de lucha, en la convicción profunda de que la educación y la ciencia son la clave del éxito. Si bien es cierto que algunas universidades norteamericanas siguen siendo las mejores del mundo, y que su liderazgo en investigación científica es incuestionable, importantes instituciones asiáticas de tecnología les están pisando los talones, e incluso se han puesto a la vanguardia.

Barack Obama es el salto definitivo a la palestra de una nueva camada, que no fue protagonista de la década del sesenta (¡por fin!), que no experimentó las intensidades ideológicas de la Guerra Fría y que marcha al ritmo vertiginoso de la globalización y de la era digital. A su manera, Estados Unidos podría airear su talante de pluralismo y diversidad, deteriorado a fondo por los halcones de la Casa Blanca, con el presidente George W. Bush a la cabeza. Para que la transformación sea completa, su perspectiva de América Latina tendrá que ser distinta, porque en el Sur, a diferencia del Norte, hay dos polos opuestos que expresan una misma enfermedad: el caudillismo.

Uribe, por una parte, populista de extrema derecha, autoritario y genio en el arte de la manipulación. Chávez, por otra, viene de la milicia, encarna el populismo de izquierda, en medio de un borbotón sin precedentes de petrodólares.

Estos dos caudillos se hermanan en ejercer el poder como si el país fuera su finca, al margen de instituciones, con una oposición amenazada de muerte o dividida (Colombia), o carente de dirigentes de peso y sin cohesión (Venezuela); con congresos deslegitimados (Colombia) o desprovistos de una seria voz crítica (Venezuela).

Si Obama es presidente, tendrá una América Latina muy distinta a la vivida por John F. Kennedy (Cuba y la crisis de los misiles soviéticos) o incluso por Jimmy Carter, con un territorio sembrado de dictaduras y los sandinistas triunfantes.

La región, en el siglo XXI, es otra: más democrática, más independiente, más rica. Pero Colombia, Venezuela, México y Cuba, con sus dramas y melodramas internos, serán la medida clara de un posible (y esperado) viraje en Washington. Muy pronto sabremos si en Estados Unidos hay una saludable rectificación en su mirada de los conflictos más apremiantes del mundo, o si es apenas un cambio de color de piel pero no de mentalidad.

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