Soad Louis Lakah

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Para Antonella y Luisa Fernanda Farah Louis

La de un perpetuo atardecer en la puerta de su amistad es la imagen que llevaré siempre conmigo de Soad Louis Lakah. De su mansedumbre de criatura vegetal esparcida en las fragancias y sabores a ciénagas, ríos, caños y montañas, músicas y cantos nativos, de su amado valle del Sinú. De la tierra aurífera de su Cienaga de Oro natal.

De su trashumancia como los vientos de tierra de su Sinú de fábula, tras la huella original y múltiple de una geografía universal, humana, de lo propio que la habitaba y le daba su fuerza creadora, mágica, para trascenderla en la imaginación poética; en una narrativa que descubría lo que desde el principio era y estaba, pero no sentíamos ni percibíamos.

Y, más allá de su aquí que habitaba entre nosotros, trasmutar ese otro reino del cedro, los dátiles y el lapislázuli, de fenicios trashumantes que iban por el mundo de antes enseñando su arte de escribir y cantar; de la alquimia, la palabra y la poesía. Del comercio del bronce, las piedras y la filigrana; de la púrpura, el cristal y el oro.

Suyos, íntimos, eran suyos, los cantos de vaquería olorosos a leche recién ordeñada, de María de los Santos Solipá en las albas y atardeceres del Sinú, el bullerengue de salitre y sudores de pueblo marino de Puerto Escondido, los cantos con sabor a porro y minguí con coco de Pablito Flórez, el campano de agua y las bongas memoriosas. Como suyos, íntimos, eran el laúd y Las mil y una noche, el vino y los versos de Khayyam, el aroma a cedros legendarios de una tierra que, como su amado río Sinú, fluía en su alma.

Querida Soad: Ahora que has cambiado de lugar y de sustancia, y tu presencia traspasa el dintorno de la ciudad, habitarás sin límites el río y el valle amados hechos de ti, las tardes sin tiempo de la rosa de fuego de tu puerta, los pájaros y sus cantos de colores. Un agua de arroyos y vegetales hecha, de aljibes y cedros, bajo el cielo de mansedumbre de tus valles amados del Sinú.

Volverás a aprender el vuelo de tus garzas, a subir y bajar por los apacibles ríos de tu reino vegetal y líquido, a tejer los jeroglíficos del sombrero vueltiao en la cuántica dimensión de tu nueva morada. A alumbrar con la luz maternal, inmaculada, de tus ojos, con tu sólida presencia, a Antonella y a Luisa Fernanda. A nosotros, legión de huérfanos de ti. De tu palabra y tus manos generosas.

Como si la tejedora que hila el ropaje que es la vida en un suspiro equivocara la puntada y la trocara en mortaja, te nos fuiste Soad Louis Lakah. De tu casa y tus hijas. De los libros, del alba y el café. De tu abundante vida y los retratos de otra edad. De los inviernos de la infancia por los que ibas recogiendo en sus calles las pepitas de oro que desenterraba la lluvia. De aquellas tardes en tu puerta y su rosa de fuego.

* Poeta.

@CristoGarciaTap

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