Por: Nicolás Rodríguez

Soberana telenovela

En el diccionario político uribista un concepto tan resbaloso y discutido como el de “soberanía” se traduce fácilmente en tres o cuatro cosas. La primera: pasión. La segunda: patria. La tercera: voticos. (La cuarta: mapas).

No es por nada entonces que ante la reciente derrota del Gobierno colombiano en La Haya el uribismo responda en patota con la posibilidad de un referendo popular. La soberanía uribista es la pasión patriótica por los voticos. Así, en diminutivo, para que la relación del soberano vitalicio con sus súbditos no pierda el tufillo paternal.

La patria es esa mujer amada cuyo territorio nadie puede violar. Si se la toca habrá consecuencias. De ahí la buena disposición hacia los puños, las patadas y los gritos. Los tanques, si es preciso. Pero nadie que entienda un poco de este tema (una Sandra Borda, una Laura Gil) ha planteado, siquiera, un escenario futuro tan varonil como el de la guerra.

Los llamados a la unidad y el respeto de la soberanía resuenan en las huestes uribistas, pero su eco proviene por igual de Ortega y los suyos. El patriotismo se nutre de emoticones en los dos extremos políticos: una incitación gratuita a la alegría, la rabia y el llanto. La derecha extrema se lucra pero la izquierda más dramática también.

Para que nadie diga que no están sintonizadas y listas para el juego político, las Farc agregaron, en el tono original de Bolívar, que también fue un gran patriota: un saludo especial a la hermana Nicaragua y la Patria Grande que es Nuestra América.

Ante tanta testosterona sobre el mar de San Andrés era de esperarse que la administración de Santos, tan respetuosa de las formas y el buen gobierno, se quitara el uniforme de la selección antes de reaccionar. No bien había llegado a San Andrés el primer mandatario, sin embargo, cuando ya estaba entonando: “La soberanía la defendemos hasta la muerte y hasta el último centímetro”.

 

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