Por: Armando Montenegro

Sobornos

Lejos de la visión ideal de que el gasto público debería ser un instrumento para alcanzar los fines del Estado, y de que los impuestos deberían ser mecanismos de financiación del sector público dentro de criterios de equidad y eficiencia, tantos los gastos como los impuestos, con alguna frecuencia, se convierten en meros instrumentos de la politiquería y el clientelismo, monedas de cambio del comercio político.

Comencemos por el caso del gasto. En numerosos países, los políticos reparten generosamente porciones del presupuesto para asegurar la lealtad de congresistas y grupos políticos y así garantizar la gobernabilidad del Ejecutivo (la célebre mermelada, en Colombia). Y, en otros casos, crean amplios programas para entregar cheques directamente a familias, a cambio de su lealtad en las elecciones y las movilizaciones políticas. De hecho, las largas carreras y las reelecciones de varios de los líderes populistas más destacados de América Latina —Chávez, Lula, Correa— se apoyaron en los subsidios que sus gobiernos entregaron directamente a millones de familias pobres y no tan pobres que votaron muchas veces por ellos.

El caso de los tributos es semejante. Dado que las alzas de impuestos, muchas veces duras e indispensables, son mal recibidas, los populistas descubrieron que se podía comprar popularidad y lealtad bajando esos mismos impuestos, sin consideración alguna por las consecuencias fiscales. A cambio de las promesas electorales de menores tributos, obtienen aportes para las campañas y votos en las elecciones. Más adelante, desde el gobierno, las reducciones de impuestos aprobadas se perciben como el pago de los apoyos recibidos.

El destacado columnista del Washington Post Robert Samuelson ha analizado desde esta óptica la reforma tributaria que acaba de aprobar el Congreso de Estados Unidos, bajo el liderazgo del Partido Republicano. Samuelson dice, simplemente, que esta reducción impulsada por políticos interesados no es más que un soborno, un regalo que se les da a las empresas y a las personas de altos ingresos para asegurar su apoyo político. Y añade que el caso es todavía más delicado porque el gobierno norteamericano va a tener que endeudarse en un monto fabuloso para poder entregar el regalo, el soborno, a los beneficiarios (a través de este mismo mecanismo, en la década pasada, en Colombia se transfirió una parte de la bonanza petrolera a ciertos contribuyentes selectos por la vía de las exenciones y una variedad de beneficios tributarios).

El costo de utilizar los gastos y los impuestos como moneda en la compraventa de lealtades y votos consiste en el aumento del déficit fiscal y de la deuda pública. De esta forma, al cabo de poco tiempo, inevitablemente se producen el desajuste de la macroeconomía, el alza de las tasas de interés, el incremento del riesgo y, finalmente, la contracción del sector privado y la caída del crecimiento económico.

La conclusión es conocida: el populismo, el empresarial o el populachero, es dañino para la sociedad. Es una forma de apropiación privada y oportunista de los recursos públicos por parte de quienes los utilizan con el único propósito de conseguir votos, financiaciones de campañas, lealtades y contribuciones a sus patrimonios. Como se observa ahora en Venezuela, el costo lo terminan pagando todos, especialmente los más pobres.

 

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