Por: Alvaro Forero Tascón

¿Sobra o falta liderazgo?

LA DISCUSIÓN SOBRE LA NATURALEZA y los efectos del liderazgo público debería ser uno de los temas más relevantes en la sociedad colombiana actual.

Porque el fenómeno del liderazgo arrasó con el sistema político bipartidista que rigió por décadas, y tiene congelada la política desde hace casi siete años. Y porque llevó a una sociedad tradicionalmente dividida y apática como la colombiana, a un virtual consenso sobre lo que considera lo fundamental.

Una de las mejores definiciones de liderazgo es que consiste en la habilidad de desarrollar y comunicar una visión, a un grupo de personas que la hacen realidad (Kenneth Valenzuela). Eso es exactamente lo que hizo Álvaro Uribe desde la campaña presidencial de 2002, con su visión de que para entrar Colombia en la modernidad, era viable e ineludible enfrentar a las Farc hasta derrotarlas. Esa visión de futuro no sólo capturó la ilusión de amplias mayorías de colombianos, sino que le introdujo a la política un torrente de pasión acumulada por cuarenta años de violencia.

La pregunta fundamental hoy, es si Uribe sigue monopolizando la política porque su visión mantiene plena vigencia, o porque se reproduce artificialmente por medios caudillistas, imposibilitando que las visiones de sus contendores lleguen efectivamente a los colombianos. Si el problema es que sobra liderazgo, porque lo que hay es en realidad el fantasma del liderazgo inicial de Uribe, o que falta liderazgo de parte de quienes aspiran a reemplazarlo, porque no logran construir o comunicar una visión del futuro que produzca nuevos consensos.

La realidad es que aunque la intención de voto por Álvaro Uribe es casi 20 puntos inferior a los índices de favorablilidad presidencial, lo que indicaría que el liderazgo de Uribe está desfalleciendo, no aparece en el escenario electoral una propuesta política comparable a la uribista. A un año de las elecciones presidenciales, los posibles contendores de Uribe aparecen indefinidos, y las mayorías ancladas en su fijación por la derrota de las Farc. A pesar de que el país entra aceleradamente en una grave crisis económica, que desaparecieron las condiciones internacionales favorables al proyecto antiterrorista de Uribe, y que se agravan los escándalos del Gobierno, los contradictores de Uribe hasta ahora no interpretan esas nuevas realidades con liderazgo.

Pero también es indudable que la razón por la que casi todas las democracias prohíben más de una reelección, es que el sistema presidencialista le otorga tanto poder al presidente, que lo hace imbatible en condiciones normales. Que cuando la democracia presidencialista no establece límites, especialmente temporales, lleva a que se le subvierta desde dentro. Que el invento de los presidentes del área andina de levantar los límites “democráticamente”, está engendrando una región que sólo es considerada verdaderamente democrática por los seguidores de esos presidentes.

Desmantelado el sistema de partidos, y con sectores de opinión cada vez más decisivos, el liderazgo es hoy el factor determinante en la política colombiana. Como demostraron los vientos huracanados del uribismo, el clientelismo sigue al liderazgo. Pero así como el liderazgo es el motor del progreso de los pueblos, el mal liderazgo es una de sus peores desdichas.

 

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