Por: Juan David Zuloaga D.

Sobre cierto género de incomprensiones

De todas las empresas intentadas en el marco de la conquista de América, ninguna hubo de mayor calado ni de ejecución más pulcra que la de la Contrarreforma.

Una de sus secuelas más hondas, más persistentes y más sutiles es la de un pudor que se instiló con tenacidad y se grabó con fuego, para que no se olvidara. Pudor que hace que se persignen beatas y beatos, religiosos y seglares frente a la más mínima desviación de la ortodoxia. Pudor que genera un sentimiento de culpa en ortodoxos y profanos y que conmina a unos y a otros a la contrición, o a la atrición, que aquí, pese a la Contrarreforma, cada cual se las arregla con su conciencia. Pudor, por fin, que obliga a algunos a apelar a eufemismos, a procurar luengos circunloquios, a deleitarse en vanas divagaciones o a incurrir en incorrecciones gramaticales, en indecibles anacolutos: para decirlo en una palabra, en vulgaridades —sólo que de otro orden—, para evitar la palabra precisa, por juzgarla indecorosa, aunque la voz sea antigua y esté cargada de fuste y de significado, y esté en boca —y que me perdonen los pudorosos y los adalides de la Contrarreforma— de académicos y de filólogos, de técnicos y jurisconsultos, de sabios y —para no ganarme la enemistad de cierto género de colectivos— estuviera también en boca de las feministas.

Decía que ese pudor, enquistado en profundas entrañas de nuestro ser, ha coadyuvado no poco —aventuro la hipótesis— para que la palabra «género» haya empezado a sustituir, en difundidos círculos, muy pudorosos, muy políticamente correctos, a la palabra «sexo». Y ello pese a las advertencias y hasta las recriminaciones de eminentes filólogos, eruditos de la Real Academia de la Lengua y sabios de todo tenor que no se cansan de recordar que en español la palabra «género» tiene otras acepciones y otros usos, correctos y extendidos; pero no el de «sexo» que, se sabe, es una mala traducción del inglés «gender».

Da verdadera tristeza y hasta justa indignación ver la palabrita usada, con tintes caprichosos, veleidades políticas o contumaz ignorancia en boca de ministros, empresarios, columnistas, editorialistas... Otros, más perspicaces y más íntegros, no ceden frente al chantaje de círculos que se quieren instaurar como alma y conciencia de una Nación, de un mundo. Da grima ver la palabra en páginas y comunicados de empresas y entidades que uno creía serias (Colfuturo, Colciencias, Ministerio de Educación…). Y se quiere uno preguntar qué clase de ignaro o de imbécil está detrás del asunto.

Pero así es, por lo que nos quedamos con la consternación, con la confusión, con ese barullo, con esa maraña. Y hasta condenados a la ignominia, por causa de unos (o unas) que quieren acallar todo lo que no se ciña a las antojadizas veleidades de su programa político, de su mendacidad, de su sexo. Y así nos va. A nosotros, los hijos de la Contrarreforma.

 

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