Por: Julio César Londoño

Sobre el arte de opinar (III)

El columnista es un sujeto que se cree más importante que la noticia.

 O mejor: está convencido de que la noticia es él. Por eso es frecuente oírle decir cosas como “el informe sobre los desplazados me estrujó el corazón”. O “el papa inició la lectura de la homilía justo cuando yo entraba a la basílica de San Pedro”. En parte es verdad que en las editoriales la noticia es el columnista. No leemos esas páginas para informarnos sino para saber qué piensa Rodrigo Uprimny o Mauricio García sobre cierto suceso. Pero el columnista no tiene que recordárnoslo en cada línea. No debe abrumarnos con su yo mayestático porque ese es un pronombre tácito en el género. Sólo les falta decir con francesa humildad: Le genre c’est moi.

Hay varios tipos de columnistas. Los “temáticos” se conocen porque opinan en serie: “La reforma a la justicia (II)”. ¿Qué se figuran? ¿Que son la encarnación de Dickens y que vamos a correr dentro de ocho días al muelle para leer la parte III? Los diarios se escriben para el olvido, señores “temáticos”, y pretender que vamos a retomar el hilo de sus razonamientos luego de la eternidad de una semana es una tierna candidez. Recuerden la definición de Chesterton: “El periodismo consiste en informar que sir Pemberton ha muerto... a gente que no sabía que sir Pemberton estaba vivo”.

Al columnista “locuaz” nunca le alcanza el espacio. Suele empezar con tono grave: “Una columna no es el lugar indicado para analizar el problema de la educación en Colombia. La sola enunciación de las variables en juego llenaría varias cuartillas...” Y así, el “locuaz” se gasta el primer párrafo en advertir que no le alcanzarán los otros siete para dilucidar el intrincado asunto. Y en efecto, siempre le queda faltando un párrafo para redondear su tesis: el que malgastó al principio (con frecuencia, el “locuaz” deviene “temático”: “El problema de la educación IV”).

El columnista “original-vergonzante” es un sujeto que reflexiona de este modo: como todo el mundo dice que Ordóñez es cavernario, voy a sorprenderlos a todos demostrando que el tipo es progresista. Pero como teme que lo consideremos lefevrista, se cura en salud: “No comparto muchas de las actuaciones del procurador, especialmente en lo que atañe a la vida íntima de las personas (y a veces en lo que toca con su vida pública) pero también reconozco que ha tenido actuaciones valientes en lo que atañe a la esfera uterina de los colombianos...”, etc.

Leyéndolo, resulta evidente que el sujeto está más preocupado por lo que pensemos de él los lectores, que en lo que él piensa de Ordóñez, o de los pensamientos de Ordóñez —en el generoso supuesto de que Ordóñez piense—.

Algunos consideran la columna una especie de álbum familiar. Carlos Lleras de la Fuente, demos por caso, arranca así: “El 6 de noviembre de 1985, mientras veíamos en la televisión cómo las llamas consumían el Palacio de Justicia, mi papá me preguntó con voz serena pero triste: Mijo, usted ¿qué opina de esto? Con la franqueza republicana que se estilaba en casa, le contesté: no sé, papá”.

A mí me gustan los “audaces”. Como no ignoran nada, no les tiembla el pulso para opinar sobre todo. Como uno que escribía en estos días sobre Alice Munro (debe ser uno de esos buenos hombres que se creen obligados a leer el último Nobel en la misma semana del premio) y soltó esta perla entre la hojarasca: “Los finales de Munro son tan impactantes como los de Chejov”. Olvidó el buen hombre que los cuentos de Chejov no tienen final. Ni comienzo. Ni mayor cosa en la mitad, la verdad sea dicha. De aquí que los críticos consideren al ruso un escritor asaz moderno. Tienen razón.

 

Julio César Londoño*

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