Por: Santiago Montenegro

Sobre “El capital”, de Piketty (1)

Hace ya mucho tiempo, un profesor de bachillerato nos dijo que, en la vida, no hay tiempo para leer los buenos libros.

“Solo queda tiempo para leer los mejores”, argumentó. Por eso, siempre hay que mirar con escepticismo las alabanzas que se vierten sobre algunos libros nuevos, pues, en la mayoría de los casos, las modas y los presupuestos de promoción se agotan pronto y entran en el olvido.

Este no es el caso de El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty. Más allá de las reseñas de opinión, de su celebridad en los medios de comunicación y el número de volúmenes vendidos, sorprende el flujo de artículos académicos que siguen apareciendo en las revistas académicas y en las redes científicas especializadas. Unos a favor, la mayoría controvirtiendo sus cifras y tesis, este libro ha conmocionado, no sólo la disciplina de la economía, sino las ciencias sociales y la discusión política en el mundo entero.

Por los debates y las investigaciones que ha propiciado, entonces, es obligatorio leerlo y es también un buen candidato a entrar en la lista de “los mejores”, a pesar de que estemos a favor o en contra de sus controversiales análisis y conclusiones. Piketty estudia lo que define como la extrema concentración de la propiedad del capital y de los ingresos, que observa en los países más desarrollados del mundo a comienzos del siglo XXI. Según él, el capital, medido como porcentaje del ingreso nacional, ha vuelto a lograr los niveles exageradamente elevados que alcanzó hasta la Primera Guerra Mundial. Pero desde las primeras páginas aclara que su propósito no es estimular un proceso de lucha de clases entre trabajadores y propietarios, sino discutir cuál podría ser una adecuada distribución entre capital y trabajo y, así, ayudar a construir una sociedad más justa, en el marco del Estado de derecho, con reglas que se conocen por adelantado y son democráticamente debatidas.

Para llegar a sus propuestas de política y de reformas, Piketty comienza con un paciente análisis de los conceptos de ingreso y capital y de su dinámica histórica en las partes I y II, para tratar la estructura de las desigualdades en la parte III y sus propuestas de política en la parte IV.

Pero, más allá de estos argumentos sobre la concentración del capital y del ingreso, quiero comenzar resaltando que el autor está planteando una verdadera revolución de la economía y de las ciencias sociales. En primer lugar, reivindica como categorías de análisis conceptos agregados, como capital y trabajo, contrario a la economía ortodoxa, que construye su andamiaje teórico sobre un “agente representativo”, que siempre intenta maximizar su bienestar. Segundo, sus categorías son históricas y, en un esfuerzo laborioso, las cuantifica desde el siglo XVIII para analizar sus tendencias de muy largo plazo. Finalmente, como sus grandes padres intelectuales, Ricardo y Marx, con esta obra Piketty reivindica la disciplina de la economía como un componente más de la filosofía política. Curiosamente, no le da crédito a Adam Smith, el más influyente de los filósofos políticos y quien vería con tanto o más horror muchos desarrollos de la economía contemporánea.

Pero, sobre la naturaleza de las ciencias económicas, solo el tiempo dirá si Piketty saldrá triunfante o no de esta revolución.

 

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