Por: Antieditorial

Sobre el “todos y todas”

Por Luis Gabriel Rodríguez Sánchez

Según la columna editorial titulada “El problema de ridiculizar el «todos y todas»”, los reproches a esta formula del lenguaje incluyente son desatinados porque silencian, con la sátira y la crítica, un debate justo: la exclusión de género.

El editorial reconoce que la formula “todos y todas” constituye un uso incorrecto del lenguaje, pero sugiere que el uso correcto es discriminatorio. Ante esta aparente dicotomía cabe mencionar que no hay tal cosa como usos correctos o incorrectos del lenguaje.

La RAE habla, eso sí, de usos cultos e incultos o, lo que es lo mismo, de costumbres que adoptan usuarios eruditos e iletrados de una lengua. Siendo así, una fórmula del lenguaje se vuelve admitida formalmente, no porque su uso sea correcto o incorrecto, sino porque su uso se difunde masivamente y escala a las esferas ilustradas de la sociedad.

Como el editorial afirma, los idiomas no se legislan, así que ni un estrado judicial ni una institución “de la lengua” pueden decirnos cómo expresarnos.A ntes bien, el meollo del asunto lingüístico está en las costumbres, justamente como sucede con el problema social.

Es evidente que el lenguaje y las costumbres están estrechamente relacionados. Lo que no es claro, sin embargo, es qué determina a qué.

El editorial afirma que el lenguaje se construye a partir de usos y costumbres. Y esto basta para conceder que eventualmente, a medida que la discriminación de género se reduzca, fórmulas como “todos y todas” podrían ser admitidas y fomentadas por todos los miembros de la sociedad, o al menos por aquellos que también son usuarios del mismo lenguaje.

Sin embargo, el editorial no ofrece argumentos para probar lo contrario: que las costumbres se determinan a partir de los usos del lenguaje. Y tal prueba es necesaria porque, sin ella, no hay cómo garantizar que la adopción de fórmulas idiomáticas engorrosas acabará generando un cambio en las costumbres sociales y un detrimento de las practicas discriminatorias.

Aun si se prueba que los usos del lenguaje tienen incidencia en las prácticas sociales de discriminación de género, esto no bastaría para concluir que la incorporación de formulas lingüísticas neutras erradicarán los usos discriminatorios del idioma.

Hoy día se asume ingenuamente que la incorporación de palabras femeninas basta para visibilizar a la mujer y acabar, al menos lingüísticamente, con la discriminación hacia ella. Nada más falso. El idioma español es una herramienta tan rica en formas y métodos, que la discriminación puede hallar cabida incluso en el lenguaje de la corrección política.

Piénsese en esta oración: “serán personas sabias aquellas que posean esposas bonitas y dedicadas al hogar”. Es misógina, machista y hasta homófoba, sí, pero es su contenido el que invisibiliza y degrada, no la manera en que acaban los sustantivos y adjetivos, los cuales son todos de género femenino.

La discusión sobre la discriminación puede darse en el ámbito lingüístico, por supuesto, pero su entorno natural es el político y social. Un cambio en el lenguaje no produce por sí solo un cambio social, como pretende esta nueva legislación; empero, un cambio social sí puede generar una revolución en el lenguaje.

 

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