Por: Juan Carlos Botero

Sobre héroes y aventuras

CELEBREMOS EL ESPÍRITU DE LA aventura y el héroe que existe en todos nosotros. Y para ello recordemos la hermosa frase de Tennyson: “No es demasiado tarde para buscar un nuevo mundo”.

Pero, ¿a qué se refiere el poeta, y cuáles son esos mundos a los que alude? ¿Acaso sólo los grandes exploradores del pasado, como Colón y Magallanes, tuvieron el privilegio de descubrir regiones nuevas? No lo creo. Pienso que cada uno de nosotros puede acceder a esos campos frescos y fecundos en enseñanzas, porque hoy esos lugares son más internos que externos.

En la película Shakespeare enamorado, por ejemplo, Julieta ha pasado su primera noche de amor con el dramaturgo, y su criada y confidente, al ver que está a punto de amanecer y la casa empieza a moverse con los ruidos de la servidumbre, toca en la puerta y susurra en voz apremiante: “¡Julieta, niña, despierta, que es un nuevo día!”. Entonces la bella muchacha, quien nunca había vivido la magia del amor, abre la puerta, radiante. “Un nuevo día, no, querida ama”, le dice. “Es un nuevo mundo”.

De igual manera, cada uno de nosotros tiene esa posibilidad, la de descubrir un mundo nuevo, pero sólo si nos comportamos como aventureros. Y, para hacerlo, primero tenemos que actuar como héroes. Porque una aventura no consiste en divertirse de manera peligrosa. Quienes emprenden en serio la aventura no lo hacen en busca de su diversión sino en busca de su carácter, su superación, su iluminación e incluso su supervivencia, para saber cómo lidiar el temporal cuando nos embiste de manera abrumadora. Y no hay duda posible: todos tenemos que afrontar ese temporal en algún momento de la vida, pues éste siempre aparece en el lugar más inesperado y con mil rostros distintos. Puede ser una amenaza física, o la muerte de un ser querido, o una crisis económica o una grave enfermedad, o un fracaso personal o profesional. Eso es inevitable. Por eso no tiene sentido buscar apuros gratuitos en un mundo lleno de amenazas que acechan tras las esquinas. Lo que sí tiene sentido, en cambio, es alistarnos para que, si nos sorprende la tragedia al doblar una de esas esquinas, de alguna forma la podamos capotear. Y no es posible prepararse para el peligro sin conocerlo en persona, y nadie se entrena como bombero sin introducirse de lleno en el mundo del fuego.

Por eso defiendo que, como especie, seamos aventureros. Porque la aventura nos permite ir más allá; nos lleva a explorar nuestro mundo; nos ayuda a descubrir territorios nuevos; nos estimula a conocer más del universo y de nosotros mismos. De ahí la frase de Cousteau que era el lema de sus expediciones: “Tenemos que ir y ver”.

Más aún, las verdaderas aventuras, aquellas que desplazan el horizonte, las que conducen a la riqueza espiritual del individuo y al crecimiento de todos como especie, son apenas los tortuosos senderos, minados de peligros, que debemos recorrer para adivinar los secretos que están más allá de nuestro alcance. Para responder a un interrogante. Porque el auténtico aventurero es aquel que se formula una pregunta de valor, ya sea científica, sociológica, filosófica o personal, y asume los riesgos para conocer la respuesta. Y cada respuesta es un secreto revelado. Sin embargo, sólo podemos escuchar esos secretos si actuamos como héroes.

Porque la gran diferencia entre nosotros y los animales, como anotó Freud, es que somos insaciables. Y en donde más se aprecia este rasgo es en el campo del conocimiento. Poseemos un apetito sin fin de iluminar lo recóndito, de entender cómo son y cómo funcionan las cosas, de descifrar el mundo y lo que nos sucede. El hombre es un animal que pregunta y se pregunta; que indaga y se cuestiona, pero sólo podemos percibir las respuestas si cruzamos las fronteras de nuestro ámbito seguro y familiar, y si osamos desafiar lo desconocido. Si nos atrevemos a ir y, en efecto, ver.

En la antigüedad los héroes clásicos, como Aquiles u Odiseo, gozaban del favor de los dioses. Hoy el héroe es una figura más modesta, pero más real y admirable. Es la persona que se comporta con dignidad en medio de la adversidad, y es capaz de ir más allá de sus propios límites. Quizá para nosotros escribir o hablar son tareas sencillas. Pero para el científico Stephen Hawking, quien está condenado a una silla de ruedas y sólo se puede comunicar mediante el teclado de un computador, escribir una sola frase representa un esfuerzo monumental. Pero él no sólo la escribe, sino que mediante esa frase Hawking está revolucionando la física moderna. Él ha superado sus limitaciones, y su esfuerzo es, sin duda, heroico.

Sabemos que los límites de cada uno son diferentes. Pero lo importante es que tengamos la audacia para exponernos a lo desconocido, y el valor de asumir los riesgos para cruzar las fronteras que nos rodean. Y entonces vislumbrar los nuevos mundos que están a nuestro alcance.

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