Por: Ana María Cano Posada

Sobre héroes y tumbas

Recién salida de la Facultad de Comunicaciones quise especializarme en encontrar personajes que pudieran servir de identificación a esta sociedad sin modelos para imitar. Era un deseo ingenuo entonces y peor aún ahora.

No había ocurrido aún la toma informativa por la maledicencia generalizada ni tampoco existía como respuesta a esa invasión el manido entretenimiento. Los protagonistas noticiosos fueron limitándose a los oficiales (funcionarios), los ilegales (potentes y temibles que dan emoción al relato) y todos los ávidos de publicidad que se dejan usar para lucrarse. En esta trampa caímos hace tres décadas, aunque resulte destacable que no hayamos sucumbido del todo al proyecto delincuencial.

En este monotemático menú, científicos e intelectuales son casi inexistentes. Ellos tienen desconfianza de los periodistas porque los creen capaces de tergiversar y demeritar sus esfuerzos de años, ya que en la premura informativa suelen encontrar expedita la sangre, el sudor y las lágrimas, y se marginan así de todo lo que sea pensamiento. El resultado es esta ración de sensacionalismo y entretenimiento diario.

Por esto se revolvió la opinión pública, acostumbrada a la sobredosis de crímenes “usuales”, cuando un científico propenso a autopromocionarse y obtener utilidades fue desvestido por un profesor que sencillamente corroboró sus datos autobiográficos. Y no sólo Raúl Cuero se sintió despojado de su prestigio, sino también los periodistas que encontraron en él a un científico que les había hecho la tarea sirviéndoles en bandeja sus inventos. Lo habían endiosado y se sintieron tan vituperados como Cuero mismo.

Caben en una sola mano los que salen del laboratorio a torear la ausencia de preparación de los informadores. Patarroyo, Llinás, Emilio Yunis, Adriana Ocampo de la NASA, y ya. El resto, docenas y docenas de inventores y pensadores locales, pueden aspirar a aparecer cuando obtengan el Nobel o cuando se mueran. La incapacidad de matizar con otros temas y otra perspectiva distinta a la actualidad en el periodismo parece un destino fatal.

La desconfianza de la opinión crítica crece cuando ve cómo manipulan los hechos estos cazadores de sentimentalismos y sensaciones. Si Cuero era el ídolo de la ciencia, qué esperar. Entonces quedan el deporte y la música como ingredientes eternos de la bandeja informativa, llenan y son fáciles de obtener, están siempre listos a las cámaras y grabadoras. También los que opinan denigrando de otros, garantizan sintonía, y engrosan el empobrecimiento mental.

La ausencia de elementos de juicio para producir un debate público quedó al descubierto cuando se volvió asunto personal entre Rodrigo Bernal, Raúl Cuero, María Isabel Rueda y Pirry, sin que haya preguntas sobre la divulgación científica en los medios de comunicación del país.

Pero no es el único vacío. También es deleznable la versión inmediata de un acontecimiento que cuestiona los parámetros de planeación y construcción en las ciudades por el derrumbe de un edificio en Medellín y optan por divulgar en caliente y exponer la tragedia como una llaga, sin acudir a expertos en el tema sobre qué sigue y qué debate público airear en este peligro real.

Aquí quedamos entre tanto hipnotizados por los malevos, usados por los que manipulan su figuración y anclados en la acuñada “cultura de la violencia” que se han encargado de alimentar y privilegiar los medios colombianos como su esencia misma. Un país con más tumbas que héroes.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Ana María Cano Posada

La buena hora

Pasar el muro

Salir de las filas

La mirada lela

Adiestramiento