Por: Juan Gabriel Vásquez

Sobre la intolerancia

En su columna del domingo pasado, María Isabel Rueda me llama intolerante por haber criticado unas declaraciones del senador Robledo. En opinión del senador, Santos y Uribe son iguales y el país iría en la misma dirección con el uno o con el otro; yo no estuve de acuerdo, y en unas 500 palabras traté de refutar esa posición. Lo hice con argumentos precisos sobre las ideas que han servido de base a la izquierda democrática desde hace muchos años, sobre lo que representan Uribe y Zuluaga y sobre lo que podemos —basándonos en lo que han defendido en el pasado sus simpatizantes— esperar de su gobierno. Ni una sola vez hice algo distinto de refutar con mi opinión la opinión de otro. Pero María Isabel Rueda me llama intolerante, e incluso titula su columna con esa palabra grandilocuente: “Intolerancia”.

Qué cosas tiene el azar: al mismo tiempo que ella me acusaba de intolerancia por criticar la opinión ajena, leía yo Sobre la libertad, un libro al que he vuelto con mucha frecuencia desde que comenzó este barrial insoportable de las campañas electorales. En el capítulo II, titulado “Sobre la libertad de pensamiento y discusión”, John Stuart Mill habla de los peligros que corre el derecho de los ciudadanos a disentir. Dice que ninguna opinión puede silenciar a otra; habla de la costumbre de reprimir opiniones que nos parecen falsas; y luego habla de esas sociedades en que la intolerancia induce a los hombres a disfrazar sus opiniones o a abstenerse de manifestarlas. Con todo respeto hacia María Isabel Rueda (no vaya a ser que me llame intolerante por responderle): yo no hice nada parecido, y acusarme de hacerlo es grave. Nunca traté de silenciar al senador Robledo; nunca traté de reprimir su opinión, sino de refutarla con la mía. Y desde luego no creo que el senador Robledo vaya a disfrazar su opinión o a abstenerse de manifestarla por mi culpa. También dice María Isabel Rueda que yo acuso a los que votan en blanco de apoyar —sí, apoyar— todo lo negativo que representan Uribe y Zuluaga. Eso es falso: lo que hice fue señalar esos rasgos negativos y criticar que a Robledo no le parezca oportuno oponernos a ellos (puesto que Uribe y Santos, según él, son lo mismo). Hay mucha distancia entre lo que escribí y lo que ella me acusa de decir. Claro, no sé si esto le importe a ella.

Intolerancia no es manifestar mi desacuerdo en párrafos argumentados, aunque lo haga con un poco de sarcasmo, beligerancia, irritación o impaciencia. Intolerancia es silenciar, insultar, reprimir o intimidar a otro por sus opiniones. Decir que eso es lo que he hecho es mentira; pero además rebaja el nivel del debate público y banaliza la idea de intolerancia, desgastando la palabra e inutilizándola para cuando la necesitemos de verdad. La columna de María Isabel Rueda termina con esta afirmación lamentable: que la democracia colombiana está amenazada por la intolerancia de los intelectuales. La acusación me parecería gravísima si consiguiera tomármela en serio. Pero no puedo: la frase es mera palabrería y carece del más mínimo contacto con lo que he defendido en los siete años que llevo como columnista. Ésta es, quizás, una de las peores consecuencias de la polarización que vivimos. Ahora tenemos que recuperar incluso el derecho a disentir.

 

 

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