Por: Santiago Montenegro

Sobre la boda real

QUE YO RECUERDE, ORTEGA NO escribió sobre el casamiento de un príncipe heredero a la Corona Británica, pero sí hizo una gran reflexión sobre un acto igualmente lleno de solemnidad, de tradición, de ceremonial y de simbolismo: el rito de coronación de un rey británico.

No me cabe duda de que si el filósofo español hubiese visto una boda, como la del príncipe Guillermo con la plebeya Catalina, también habría encontrado en ese acto, aparentemente vano y retrógrado, y en la institución que lo realiza, una monarquía sin poder, una función muy importante y de la más alta eficacia: la de simbolizar. Dice que los ingleses, con el más deliberado propósito, dan una inusitada solemnidad a este tipo de actos. Argumenta que nos obligan a presenciar un vetusto ceremonial y a ver cómo actúan los más viejos y mágicos trabajos de su historia —la corona y el cetro— para mostrar que en muchos de nuestros países rigen sólo el azar y la baraja. En otras palabras, al forzarnos a presenciar esos actos, nos están diciendo que ellos van adelante. Y van adelante porque tienen pasado, porque han protegido uno de los derechos fundamentales del ser humano, que es el derecho a continuidad.

Al argumentar así, por supuesto, Ortega está adoptando una clara posición política y contradiciendo el otro modelo que se abría paso en la Europa de su tiempo, el de las revoluciones generales, el de intentar la transformación súbita de una sociedad y comenzar de nuevo la historia. Tenía en mente a los revolucionarios franceses del 89, del 30, del 48. Pero, sin duda, a los revolucionarios rusos del 17 y, si viera a América Latina de hoy, pensaría en Cuba o en la revolución bolivariana. Para Ortega, la diferencia fundamental entre los humanos y las bestias, entre la historia humana y la historia natural, es que aquella no puede jamás comenzar de nuevo. En tanto un tigre, cuando amanece, ha olvidado todo lo del día anterior, tiene que empezar a ser tigre, como si no hubiese habido antes ninguno. Un ser humano, por el contrario, gracias a su poder de recordar, gracias a su memoria, acumula su propio pasado, lo posee y lo aprovecha. Un humano nunca es un primer humano, porque comienza a existir sobre un pretérito acumulado, sobre una historia, sobre una memoria. Pero el gran tesoro de esa memoria, lo más digno de conservarse son los errores cometidos, para no repetirlos.

Eso es lo que los británicos nos están diciendo con esas celebraciones arcaicas. Nos están diciendo que tienen historia, pero más importante, están enfatizando que han aprendido de sus guerras, de sus luchas intestinas, de las plagas que azotaron sus ciudades, de los incendios de Londres; que aprendieron las lecciones de haber decapitado a un rey; de haber peleado dos guerras mundiales. Que gracias a aprender de sus errores y tratar de no repetirlos, nos recuerdan que de allá salió la democracia moderna, el poder limitado, la separación de poderes, el “bill of rights”, la libertad de expresión; nos señalan que nadie los ha invadido desde 1066, que resistieron a Napoleón y a Hitler, pero también nos recuerdan que Newton, Darwin, Churchill son suyos y que muchos otros grandes filósofos, científicos y políticos salieron de las venerables Oxford y Cambridge. Pero también se cuidan de invitar a Elton John, para decirnos que de allá surgieron los más grandes de todos: los cuatro de Liverpool. Al mostrarnos el cetro y la corona, nos recuerdan que, entre nosotros, son aún importantes el azar y la baraja.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Santiago Montenegro

¡Libertad para Nicaragua!

Un gran colombiano

El legado de Santos

Historia mínima de Colombia

Aniversario de Marx