Por: César Ferrari

Sobre la competitividad

En 2017, sobre un total de 137 países, Colombia ocupó el puesto 66 en el ranking de competitividad global del Foro Económico Mundial (FEM). En el primer lugar se ubicó Suiza y en el segundo Estados Unidos. Corea del Sur se ubicó en el puesto 26 y China en el 27. 

Llama la atención que en dicho ranking, que se llama de competitividad, el país más competitivo en el mundo, China, porque ha sido capaz de colocar casi todos los bienes y servicios que produce, en casi todos los mercados del mundo, desplazando así a otros países posicionados previamente en esos mercados, se ubique en el puesto 27, detrás de otro país que también se caracteriza por ser muy exitoso penetrando y conquistando mercados: Corea del Sur.

Es decir, si ser competitivo consiste en la capacidad de penetrar y posicionarse en los mercados, el ranking del  FEM resulta extraño: pareciera no medir competitividad si no otra cosa. Según sus proponentes, el índice “evalúa los factores y las instituciones que determinan mejoras en la productividad, que a su vez es el principal factor determinante del crecimiento a largo plazo y un factor esencial en el crecimiento económico y la prosperidad.”

Lo cual no quiere decir que sea inútil. Al contrario, sirve para identificar cuáles de esos factores e instituciones están más o menos desarrollados para, a partir de su identificación, orientar la política pública de manera más eficiente; aunque también puede ser manipulado políticamente. Los factores y las instituciones considerados para el cálculo del índice están agrupados en 12 tipos de variables: instituciones, infraestructuras, entorno macroeconómico, salud y educación primaria, educación superior y formación, eficiencia del mercado de bienes, eficiencia del mercado laboral, desarrollo del mercado financiero, preparación tecnológica, tamaño del mercado, sofisticación en materia de negocios, innovación.

En el caso colombiano, algunas de las variables más atrasadas o inadecuadas en términos relativos respecto a las de otros países son: la tasa impositiva como porcentaje de las utilidades de las empresas (135), los costos del terrorismo para las empresas (puesto 132), el desvío de fondos públicos (131), las importaciones como porcentaje del PIB (125), las exportaciones como porcentaje del PIB (124), la calidad de las carreteras (110), la asequibilidad de los servicios financieros (99).

Cualquiera entendería que resolver esos atrasos es necesario para un mejor desarrollo del país. Pero eso no quiere decir que a partir de esas soluciones, necesariamente, el país o mejor dicho sus empresas, que son las que producen y venden en los mercados nacionales e internacionales, se vuelvan más competitivos. La falta de competitividad puede ser consecuencia de que los costos financieros de las empresas son muy elevados por falta de competencia en los mercados de crédito.

O puede ocurrir lo que se conoce como la enfermedad holandesa: el país exporta recursos naturales abundantes, que generan una cantidad enorme de divisas, que revalúan la tasa de cambio y hacen inviable la producción y exportación de otros bienes y servicios que tienen menor nivel de productividad, es decir producen menos valor agregado (los servicios laborales que se añaden a la tela para producir una camisa) por unidad de factor empleado (servicios laborales) en el proceso productivo (la producción de camisas).

En este caso, para evitar esa revaluación cambiaria y la consecuente pérdida de competitividad de las empresas, pueden emplearse dos tipos soluciones: reducir la oferta de divisas que entran al mercado cambiario orientándolas a fondos especiales en el exterior, como hacen los noruegos, o aumentar la demanda de divisas acumulando  reservas internacionales, como hicieron los chinos hasta hace unos años.

Mejor dicho, el desarrollo es una cuestión compleja que requiere una visión estratégica amplia y nuevas políticas que la pongan en práctica. Así, entre otras, para manejar la cuestión cambiaria se necesita una nueva política monetaria, para mejorar el sistema financiero se requiere una nueva política regulatoria que induzca mayor competencia en los mercados de crédito, para reducir la tasa impositiva a las empresas deben aumentarse los impuestos a las personas naturales más ricas.

Adicionalmente, para hacer carreteras se necesita mayor gasto fiscal y, por lo tanto, mayores ingresos fiscales (las alianzas público privadas son una solución ineficiente que implica desviar fondos de las inversiones que debería estar haciendo el sector privado en fábricas para emplearlos en las inversiones que debería estar haciendo el sector público), y para resolver el problema del terrorismo se requiere resolver el del narcotráfico que exige a su vez que los cultivadores de coca tenga ingresos razonables en sus cultivos legales, es decir no solo una solución policial si no, sobre todo, una nueva política económica agraria que rentabilice a los productores agropecuarios. 

* Ph.D. Profesor titular, Departamento de Economía, Pontificia Universidad Javeriana.

 

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