Por: Juan Gabriel Vásquez

Sobre la enfermedad de García Márquez

Una revista bienintencionada me escribió el otro día para pedirme una opinión sobre la enfermedad de García Márquez.

Como yo había pasado las últimas horas metido en un vuelo de doce horas, no me había enterado de que los medios de comunicación estaban hirviendo con la noticia: primero fue su hermano Jaime, que habló en Cartagena de los estragos de la demencia senil; luego fue un twitter en que Jaime Abello, director de la Fundación Nuevo Periodismo, contradijo ese diagnóstico. (Por suerte para los que no tenemos Twitter, El Espectador citó sus palabras). De manera que un debate se había montado en la red, y la noticia de la enfermedad se reproducía en todas partes: yo la vi en el Guardian de Londres y en Le Monde de París y en el Times de Nueva Delhi. Y antes de que me diera cuenta otros tres medios me habían pedido opiniones, como sin duda le ocurrió a más de un escritor colombiano. A todos, aunque no siempre con las mismas palabras, les contesté lo mismo: que por favor, por favor, dejemos a García Márquez en paz.

Es sin duda lo que también hubieran querido —lo que todavía quieren— Jaime García Márquez y Jaime Abello. Del primero se citaron mucho las dos palabras malditas, “demencia senil”, pero poco las que pronunció en otro momento: “No se trata de que haya nada grave que no se pueda saber. Se trata simplemente de que es su vida y él siempre ha procurado protegerla, siempre ha dicho que hay una vida pública y una vida privada a la que no podemos entrar”. Abello, con muy buen juicio, dijo que no iba a comentar acerca de la intimidad de García Márquez, y terminó con una sentencia irritada. “Por favor no más comunicaciones de solidaridad”, dijo. “Gabo no está demente”. Yo no sé si las comunicaciones se hayan detenido; pero, visto el morbo previsible que ha despertado todo el asunto, me permito dudarlo. Y así resulta que una alianza non sancta entre la red y los morbosos se ha convertido en una nueva amenaza contra la vida privada de una figura pública, exponiéndola a la mirada de todos, sacando a la calle lo que debería quedarse en la casa, poniendo en la ridícula palestra del debate mediático —aunque la palabra debate le quede grande a tantos de los intercambios que pululan por ahí— lo que sólo debería estar en boca de la familia.

“A veces da la sensación de que quisieran que se muriera”, dijo también Jaime García Márquez. “Como si la muerte de él fuera una gran noticia”. Pero es que lo será: Gabriel García Márquez es, después de todo, el escritor en lengua española más conocido después de Cervantes, y yo sé de medios que ya tienen el especial sobre su vida listo para que se publique tan pronto se conozca la noticia de su muerte. El escritor más conocido, digo: no hablo de su calidad ni de su influencia, porque no son estas cosas las que provocan el morbo barato, la impertinencia disfrazada de solidaridad y la violación de la intimidad disfrazada de comunicación noticiosa. No, no son estas cosas: es la fama. Nada podemos hacer al respecto; pero quizás sí podamos, quienes escribimos en los medios, comportarnos frente a la enfermedad de un gran escritor con cierta dignidad, y en todo caso con el respeto que sus libros extraordinarios deberían haberle granjeado entre sus lectores.

 

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