Por: Columna del lector

Sobre la hipocresía vestimentaria de las mujeres

Por Valentina López

Hoy leí una carta a una revista de parte de un hombre, “un homme, un vrai” (un hombre, uno de verdad), como él mismo firmó, que hablaba sobre la hipocresía femenina alrededor de la vestimenta. Él aseguraba que si las mujeres nos vestimos con ropa muy pequeña es necesariamente para atraer la mirada masculina en la calle, porque muy en el fondo, nos encanta. Pero que somos hipócritas porque luego nos quejamos de estas reacciones. Temía él que en este verano después del movimiento #MeToo las mujeres nos priváramos de vestirnos con minishorts o miniblusas para evitar los comentarios, miradas y “avances” masculinos (precisando que él no entiende el concepto de “avances deseados”). Pensaba él que nos vestiríamos “decentes”.

Yo, que hago parte de este clan de mujeres que viste de minishorts, minivestidos, con la espalda desnuda, a veces sin brasier y, en general, gusto de vestir, por tradición y por convicción, de jean pegado, de ropa que resalte mis atributos femeninos, en fin, que gusto de mostrar mi cuerpo, que lo disfruto, que admiro mis curvas no perfectas, que me gustan mis nalgas paradas, mis piernas fuertes, que me encanta mirar mi cuerpo en el espejo a pesar de su eterna barriguita de sapo y su falta de cintura (nevera, como se decía en mis años adolescentes), comienzo a preguntarme para quién me visto yo.

Seguramente para mí, claro, para sentirme bien, pero seguramente para otras miradas también —eso sí, no solo masculinas, tal vez ahí, primer punto, le falta abrir la mente un poco más al “hombre de verdad”—, porque en mis genes está el querer ser sensual, colombiana, fui formateada por mi cultura y sus cánones de belleza, y ya renuncié a deshacerme de algunos de ellos: me seguiré depilando las piernas y las axilas, seguiré portando cabello largo hasta la media espalda y mis caderas comenzarán a moverse instantáneamente cuando escuchen reggaetón o dancehall. Y al mismo tiempo, estoy en contra de las letras de estos ritmos donde la mujer es degradada, estoy contra la heterosexualidad impuesta, estoy por la despenalización del aborto, estoy contra el rosado para las niñas y el azul para los niños, etc. Es así como yo misma moldeo mi feminidad y mi feminismo: me apropio de algunos de los valores tradicionales que pude haber recibido en mi “rol de mujer”, los mezclo con reivindicaciones propias, para declararme dueña de mi cuerpo y hacer con él lo que me da la gana.

Y he aquí el punto dos para el “hombre de verdad”, si bien me visto para gustar, no me visto para que personas vean en mí meramente un pedazo de carne comestible en el cual pueden clavar su mirada de aves rapaces, su pinga o su poder. Porque, queridos hombres, mujeres y demás que se sienten víctimas o sacrificados del movimiento #MeToo, quienes a grito herido proclaman que se perdió el derecho a cortejar, déjenme explicarles la diferencia entre avances deseados y avances no deseados: salgo a la calle y me hacen como a un perro —psss psss— o me dicen “qué pezones tan ricos tienes, mamacita”, me dicen “qué rica” o me examinan de pies a cabeza salivando, esto, con distintos grados de vulgaridad, casi todas las semanas, son claramente avances no deseados. Ahora, un avance que llaman “deseado” o que no molesta: iba caminando y un joven se me acercó de forma amable, me pidió disculpas por importunarme al mismo tiempo que se presentaba y dijo que me encontraba bonita y me preguntó si quería caminar o hablar un rato con él, la verdad es que no quería y le dije que gracias, pero no. Aceptó y se despidió sin decir más.

Así que, si estoy de short y miniblusa y me quieres mirar, mírame, pero con respeto. Si me quieres hablar, háblame, pero con respeto, como un ser humano. Eso sí, no me toques. Nos han enseñado que las mujeres estamos para satisfacer a los hombres, que podemos ser solo un pedazo de carne, una muñeca inflable que solo sirve para que los hombres puedan descargar sus impulsos sexuales, puedan sentirse viriles, puedan desplegar su —inventado— poder y su hombría. Pues para eso no me visto yo, no me visto para colmar su sed, su hambre, su falta de sexo o de seguridad que no encuentran por ningún otro lado. Esta necesidad de querer dominar, subyugar, cual gallo cuando coge una gallina. Pues no, somos o queremos ser dueñas de nuestros cuerpos y de nuestra sexualidad. Tenemos el poder de decisión, el derecho de decidir. Pues por esta misma visión de objetivación de la mujer, las mujeres están siendo brutalizadas y asesinadas todas las horas en el mundo.

Gordas, flacas, sin nalgas, sin senos, con mucho seno, con mucho escote, depiladas, sin depilar, entaconadas, sin tacones, con mucho maquillaje, al natural, altas, bajitas, de todas las profesiones, de todas las edades, etc., tenemos el derecho de vestirnos como queramos. Así que querido “hombre de verdad”, no es hipocresía vestimentaria, es que nos gustan nuestros cuerpos, disfrutamos de nuestros cuerpos, nos queremos vestir como se nos da la gana, como nos sentimos lindas, cómodas, sexis, también sexuales si es lo que quieres saber, porque tenemos calor (37 grados hoy en París), porque tal vez vamos a una cita con la persona o las personas que nos gustan, porque no nos vamos a dejar de vestir como queremos para evitar que nos acosen, porque son ustedes quienes tienen que dejar de acosarnos, quienes tienen que dejar de vernos como un pedazo de carne para vernos como lo que somos: seres humanos sujetas de derecho.

 

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