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hace 58 mins
Por: Santiago Montenegro

Sobre la igualdad

En su última columna de El Espectador, Mauricio García Villegas clama porque la justicia vuelva a reivindicar lo que llama "la vieja noción de igualdad social y ciudadana", entendida como un valor humano universal y, sin desconocer su importancia, sugiere no ponderar tanto las reivindicaciones de las minorías.

Para sustentar su argumento, cita la célere frase de Aristóteles, tomada de su Ética a Nicómaco, que entiende la justicia como “tratar igual a los iguales y desigual a los desiguales” y sostiene que el concepto de justicia universal se asocia con la primera parte de la frase y la justicia para las minorías con la segunda. Creo que hace muy bien Mauricio García en plantear este debate pues, como él mismo argumenta, Colombia tiene una de las peores desigualdades del mundo y también considero importante traer a la discusión la frase de Aristóteles, pues es constantemente citada en las sentencias de la Corte Constitucional y en otros documentos jurídicos. En mi opinión, con la frase en su conjunto, Aristóteles define un concepto de justicia que consiste en darle a cada quien lo que se merece de acuerdo con su posición social: a los esclavos lo de los esclavos, a las mujeres lo de las mujeres, a los comerciantes lo de ellos, y a los hombres aristócratas el poder y una vida de goces y placer cuando no estaban cazando o haciendo la guerra. Hay equidad, pero sólo en el interior de cada clase social o dentro de cada estamento. Pero vista a la luz de toda la sociedad, la desigualdad global que resulta es total. Así, el concepto aristotélico de justicia es una apología absoluta de la iniquidad y debe ser enfáticamente rechazada.

¿Quiere esto decir que no habrá justicia si no hay igualdad absoluta entre todos y cada uno de los miembros de la sociedad?  Por supuesto que no.  En Facticidad y validez, Jürgen Habermas también utiliza la misma frase de Aristóteles pero en una sociedad completamente diferente a la del filósofo griego. Habermas está situado en una democracia deliberativa, en la cual todos los ciudadanos gozan, gracias a la ley, no sólo libertades de la interferencia de otros, las llamadas libertades negativas, que incluyen todos los derechos humanos fundamentales, sino también son autónomos y gozan de toda la batería de las libertades positivas. Son autónomos, no sólo porque ejercen sus derechos políticos para elegir a sus gobernantes, sino también porque se sienten autores de la ley, que es legítima porque se ha llegado a ella a través de discursos racionales, lo que quiere decir que han sido incluyentes, igualitarios y sinceros, de forma tal que gana el mejor de todos los argumentos. Así, dice Habermas, los ciudadanos se ponen de acuerdo en los aspectos relevantes bajo los cuales “los iguales deben ser tratados igualmente y los desiguales desigualmente”.

En ese sentido, debemos tender a una justicia universal y no estamental, grupal y fraccionada. Debemos analizar, por ejemplo, si el impacto redistributivo de los grandes rubros del presupuesto nacional es originado en las decisiones de los políticos, los economistas, pero también en las sentencias de los jueces. En consecuencia, debemos estudiar si la pésima distribución del ingreso que tenemos es también efecto de una herencia aristotélica o es la consecuencia de las cosas que nos faltan para llegar a una democracia deliberativa.

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