Por: Adriana Cooper

Sobre la minería en Jericó (III)

En el café Don Rafa, de Jericó, hay dos bandos enfrentados. En una mesa hay un grupo de agricultores que apoyan el proyecto de minería Quebradona. Y muy cerca de ahí están sentados dos opositores: un recolector de café y el dueño de un restaurante. Cuando se menciona la palabra minería se rompen los hilos comunes entre ellos. Unos la escuchan y piensan en caos y otros imaginan un futuro mejor. Algo similar ocurre en las veredas, en los pueblos vecinos, también en Medellín y en otros lugares de Colombia.

Si alguien apoya la minería o quiere conocerla, tal vez lo miren con pesar o desconcierto porque creen que ha vendido su espíritu al dinero. Si la persona responde que una vida sin minería es casi imposible porque muchos objetos tienen los materiales de la tierra, tal vez le responderán: “Minería sí pero no así” o “no aquí”. Esta actitud se entiende en un mundo con su naturaleza amenazada y en una región donde confiar en otros o en las ideas nuevas aún es difícil. También en un país donde la historia de los pueblos de mineros habla de pobreza ante la incapacidad de las autoridades para otorgar títulos de explotación de forma transparente y controlar la operación posterior.

Sobre Quebradona, la Asociación Colombiana de Exploración, creada por Albert Crutcher, opina que esta polémica es resultado de un sector fragmentado y mal comunicado del que hacen parte el Ministerio de Minas y Energía, la Agencia Nacional de Minería, académicos, abogados, laboratorios y multinacionales. A esto se suman una legislación débil y la escasez de información: “La gente desconoce el proceso y ejemplos exitosos de minería”. Y explica con base en estudios que AngloGold Ashanti puede hacer ahí “uno de los proyectos de minería más avanzados del mundo sin afectar la cultura o el ambiente”, con control y todas las miradas encima. Agrega que si se manejan bien los recursos generados, “Jericó podrá lograr que sus jóvenes no se vayan para las ciudades, que se mejore la educación y se proteja el bosque y el paisaje a través de la arquitectura”.

A instituciones como Comfama, Proantioquia o el Museo Maja, dirigido por Roberto Ojalvo y a la cineasta Catalina Mesa, les preocupa que el pueblo pierda su vocación o que la minería afecte parques o proyectos culturales. En unas semanas AngloGold Ashanti presentará un estudio de impacto ambiental de 5.000 páginas y con información reunida durante 14 años. A partir de ahí, las autoridades decidirán si otorgar o no la licencia. Si la decisión es positiva, la comunicación e información serán vitales. Habrá que coser los hilos rotos para que haya convivencia y confianza, como en el texto El camino del regreso de Manuel Mejía Vallejo:

“Y en Jericó vuelve a anudarse el hilo roto de una tradición culta. De una cultura que no es bohemia de versos y vidas egoístas sino los oficios decorosos del hombre; no solamente leer y escribir, es también crear y esforzarse y avanzar contra todo y a pesar de todo. El hacha junto al libro, el laboratorio junto a los almacenes, la ley junto al corazón, el edificio junto a la cementera, el profesor junto al obrero, la paz junto al poder, la empresa junto a la ciencia, el pupitre de la escuela junto al metal de los talleres”.

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