Por: Juan David Zuloaga D.

Sobre la palabra dada

EN OTROS TIEMPOS, ACASO MÁS FElices —aunque es verdad que no está la historia de la humanidad para ponernos optimistas; menos infaustos, quizá—, bastaba la palabra dada para que se cerrara un trato o un compromiso.

No se necesitaban jueces ni voluminosos tratados que albergaran leyes que dictaminaran sobre lo humano y sobre lo divino, ni siquiera se necesitaba (en el mejor de lo casos, en el de los hombres más justos, de mayor entereza, de más pulcra voluntad y palabra) un tercero que oficiara como juez o como testigo. Nada de eso: se necesitaba un tú y un yo, y una palabra que era juramento y juez a un tiempo, y que los enlazaba con la fortaleza de una promesa y la tenacidad de un anhelo. Y eso era todo.

Y frente al peso y la gravedad de la palabra dada no había paliativos ni atenuantes. Entendámonos: no había peros. Porque sabía cada quien que acaso podía seguir respirando si faltaba a la palabra, pero a esos días por venir no los llamaría el perjuro vida, sino agonía, pues no tendría valor para mirarse al espejo, ni para mirar a los ojos a sus amigos o a sus enemigos —pues también la altura de los enemigos ennoblece a un hombre— ni para afrontar la existencia ni, claro, para dormir tranquilo.

Nada defrauda (o defraudaba) tanto como faltar a la palabra dada; en verdad no sólo se empeñaba la palabra, sino el alma, y muchas veces se prefirió perder la vida antes que la palabra. Eran otros tiempos de hombres recios en donde la dignidad y la entereza cumplían cabal bien, en donde el sí y el no estaban por encima de las especiosas leyes humanas. Y si cumplir la palabra delataba y delata cierta aura de orgullo, denota una inmensidad de corazón, una grandeza anímica, una belleza de espíritu que no es común en nuestros días. En verdad conmueve y causa admiración y encanto ver a alguien que hogaño sabe guardar la palabra empeñada.

No quiere ello decir que otrora no hubiese hombres ruines y despreciables —pusilánimes ha habido en todas las épocas—, sino que los había que estaban dispuestos a dejar alma y vida por una causa, por un proyecto, por un amor… en una palabra, eso, un tanto inusual en los tiempos que corren, que antaño se llamó héroe.

Y así, aunque el Estado fuera débil y las legislaciones limitadas, y no llegara aquél a todos los rincones de un lugar ni a cada resquicio de las almas, teníamos antes la dignidad y el acicate de la conciencia para no engañarnos fácilmente; y teníamos también, amigos míos, la palabra dada, que obligaba más que cualquier ley y cualquier institución. Sí, eso teníamos, pero no es menos cierto que eran otros los tiempos, y era otra la palabra.

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