Por: Julián López de Mesa Samudio

Sobre la tradición

Hace casi 700 años vivió en Mali un emperador legendario, Sundiata Keita, quien entre otras gestas dictó la Carta Mande, la antigua constitución del Imperio de Mali del siglo XIV, y que hoy en día sigue vigente gracias a los griots (juglares tradicionales) que la siguen cantando en las calles de Bamako y Timbuctú.

La tradición oral la ha preservado inalterada, junto con la gesta de Sundiata, y ambas son entonadas tal y como se hacía hace más de siete siglos. Allí mismo, en Mali, el gran maestro de la kora (instrumento de cuerda cuya caja de resonancia es una calabaza vacía) Toumani Diabaté pertenece a la decimocuarta generación de hombres de su familia que lo interpretan. Diabaté puede trazar los orígenes de su arte, su forma de interpretar y la historia de su familia hasta 300 años atrás.

¿Qué tan atrás podemos ir nosotros en nuestra propia historia familiar? ¿Quiénes eran y qué hacían nuestros bisabuelos, nuestros tatarabuelos? ¿Qué sabemos nosotros de nuestros antepasados directos? Aventuro que muy poco. Y si es tan poco lo que sabemos de nuestra propia historia familiar, ¿podemos realmente hablar de tradición?

Mucho se esgrime, últimamente, la palabra “tradición” y sobre todo para hablar de cultura. Se la usa liberalmente en debates, escritos académicos y en la cotidianidad, pues es una de esas palabras poderosas que generan respeto por sí mismas. ¿Pero qué es “tradición”? ¿Cuánto tiempo ha de pasar y de qué depende el que se pueda hablar de tradición?

Ajustarse a la definición de la RAE según la cual tradición es la “transmisión de noticias, composiciones literarias, doctrinas, ritos, costumbres, etc., hecha de generación en generación”, es quedarse corto. Para poder ampliar lo que por “tradición” se entiende y cómo se relaciona con el devenir de la nación, conviene recordar, con Jared Diamond, que las sociedades tradicionales son aquellas que cimientan su cosmovisión en el pasado, aquellas que buscan en su propia historia las respuestas para los retos del mundo presente.

En nuestro país, la Constitución de 1886 y las élites criollas que subieron al poder tras la Independencia, optaron por crear un imaginario identitario basado en herencias europeas modernas (e incluso en sus tradiciones), haciendo a un lado la influencia de sociedades nativas y foráneas tradicionales (África), así como el desarrollo de una historia poscolonial que no fuese atravesada por el afán imitativo que aún nos caracteriza. Adoptar la Modernidad implica hacer constante acento en el futuro (esencia de la Modernidad), relegando como casi indeseable lo pasado, lo “tradicional”. Para la Modernidad, las palabras con poder son otras y siempre miran hacia adelante: “desarrollo”, “progreso”, “evolución”, “creatividad”, “innovación”.

En estos tiempos en los que se debate acerca de la identidad colombiana y su cultura, en un país tan joven y traumado con su pasado como el nuestro, ¿hay realmente tradición? Tras la Constitución de 1991 revaloramos lo que percibimos como “tradicional” y tratamos de adaptar nuestra vida y nuestro discurso a esa idea. Empero, queremos seguir siendo modernos… ¿cómo compaginar la aceptación del pasado con el deseo de futuro? Hay que tener cuidado: es tan deleznable negar las tradiciones como artificioso forzar las mismas en una sociedad.

*Julián López de Mesa Samudio

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2015-03-25T23:21:11-05:00

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