Sobre la utilidad de los espejos

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En el crepúsculo otoñal, bajo la garúa de Lisboa, la señora de edad se mira la barbilla en el espejo de un kiosco de periódicos. A pesar de que los azulejos de las balaustradas emanan sus propias claridades, la mujer aprovecha los últimos momentos de esa luz horizontal insuficiente. Registra de reojo a los paseantes que desde la altura contemplan la ciudad, a lo lejos, y a sus pies el jardín que fue vergel de un antiguo monasterio, botadero de basura después del terremoto y hoy terraplenes intervenidos con cuidado pues se erigen sobre ruinas subvencionadas por la Unesco. Las estatuas que habitan usualmente esas terrazas hoy están apiladas al desgaire; por el momento se distinguen con unos números romanos y unas letras: hay un conquistador de gesto adusto, un moro de barbas algebraicas, un fauno con cabellos de hortensia y un poeta. Aún no saben cuándo retornarán a sus querencias.

Desde el estrato de la primera planta que hoy está al nivel de las aceras sube un bullicio alegre de voces extremeñas y andaluzas. La vía romana yace unos siete metros más abajo en donde las ánforas y espejos están pendientes de una labor de arqueología. Ahora es Mérida Augusta. Aquí en esta taberna con wi-fi y luz eléctrica, el nuevo dueño le quita, con orgullo, los últimos vestigios de estuco y calicanto al Arco de Trajano recién recuperado en este espacio. Aquí hubo baños públicos en la época franquista, carnicería y más tarde un depósito de telas de migrantes.

La savia que parece conservar y renovar mundos antiguos es, entre otras tareas comunales, contarse bien y recontarse muchas veces los cuentos de su historia —como supo hacer Alfredo Molano entre nosotros—. Hay memorias de papel y piedra y memorias orales, o hay memorias cantadas de la topografía del terruño o de las plantas trajinadas por los hombres. La historia se puede reordenar, como las estatuas de un jardín, o enriquecerse con narraciones y variaciones de los mitos y leyendas, o inclusive olvidarse algunas veces; pero no puede hacerse caso omiso de aquello que ha ocurrido. Para aprovechar las circunstancias, así en lo individual como en la vida de los pueblos, es muy útil descubrir lo velado o lo enterrado, evaluar la profundidad de las heridas o los logros. De no hacerlo, difícilmente desentrañamos lo que somos: nuestras cualidades como pueblo engastado en este territorio, nuestras culturas del origen, los hitos que hoy nos proporcionan la identidad de lo local enmarcado en lo global. Los colombianos hemos utilizado los abalorios que llegaron en los barcos, pero hemos olvidado la utilidad de los espejos. La memoria histórica necesita de la luz para enfrentar nuestras verdades. No hay más remedio que mirarse ahora y proceder a tomar nota de la cara que tenemos, de la piedra, la sangre, los jardines y relatos.

Como la luz no parece suficiente, la señora que se mira la barbilla saca de su bolso un espejito y lo orienta hacia los resplandores de un sol tímido y, buscándole el ángulo, enfoca el rayo hacia un pelo que le ha salido en el mentón, hace una mueca no muy bella al exponer la zona y se lo arranca sin pudor alguno con unas pinzas de acero inoxidable: made in China.

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