Sobre libros enca(de)nados

Aunque seamos amantes de la literatura policial, no deja de inquietarnos que cada vez sea más común ver en la sección judicial notas sobre escritores, literatura, investigadores sociales y lectura en general.

Parece ser una saga interminable de “libros enca(de)nados. Por todas partes se abren campo la censura y la prohibición. Qué paradójico panorama para recibir a la delegación mexicana que viene a la Feria del Libro. Qué lástima que no haya un panel en ese evento sobre “censura y persecución a la lectura”.

A veces están de más uno que otro “elogio de la lectura” y se impone una “defensa” más activa de la lectura, en espacios no convencionales como las cárceles.

En esta cacería de brujas del “Estado de opinión” (¿por lo del “golpe de opinión” de Rojas Pinilla?), esta vez el “turno” le correspondió a la profesora del colegio Marymount Sonia Urrea. Y todo por sugerirles a sus alumnas lecturas de la “nueva historia de Colombia”. Preferiría estar comentando una bella nota publicada, subtitulada “Libros libres de toda sospecha” en el diario Página 12 de Argentina el pasado domingo, en torno a la semana negra en Gijón-España y el “extraño y curioso” caso del jefe de policía de esa ciudad (la segunda más segura de España) que es policía-escritor y viceversa, y además marxista. Todo lo contrario a lo que vemos aquí.

Debo confesar que dudé mucho antes de escribir esta carta, al igual que antes de llamar para contribuir con la campaña de donación de libros en la Picota, por el miedo de ser “(per)seguido” por el G-3. En otra crónica del domingo en El Espectador, me enteré también del caso de William Díaz y su “imposible” biblioteca en la cárcel.

Me conmueve su homenaje al maestro Fals Borda y su tenaz lucha por leer. Nuevamente censuras y fantasmas fascistas pululan para quienes quieren leer libremente.

Una vez más se demuestra que la cárcel no funciona sólo para castigar, sino sobre todo para amordazar y atemorizar a los que estamos (todavía) fuera de ella. Quiero terminar esta carta retomando el epílogo de Laura Ardila en su crónica “Los libros en la cárcel también están presos” y evocar también un comentario de Deleuze, cuando decía que no sólo a los niños los tratan como presos, sino que también a los presos los tratan como niños.

Pedro Escudriñez.  Bogotá

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.

 

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