Sobre los hombros de gigantes

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Mis abuelos llegaron de Europa unos pocos años antes de que se desatara el período más oscuro de persecución en la historia de la humanidad, el Holocausto. Se encontraron con un país que no era muy abierto a la inmigración, una sociedad que los juzgaba por su origen judío, sin hablar una palabra de español, solos, sin conocer a nadie, con la familia presa o muerta, con unos pocos pesos que alcanzaban apenas para sobrevivir, con unos ideales de la Europa socialista que no tenían cabida en la Colombia de los años 40. Los maternos entraron por Barranquilla, pero, por cosas del destino, finalmente terminaron en Bogotá. Los paternos lo hicieron por el Pacífico y se asentaron en Medellín.

Ninguno tenía educación superior, pero todos tenían claro que ese era el camino del progreso para sus hijos. Con enorme esfuerzo, trabajando de sol a sol todos los días, pudieron darles a sus hijos las oportunidades que nunca tuvieron. Cinco hijos por el lado paterno, cuatro por el lado materno, todos se hicieron profesionales, y a su vez sus hijos y sus nietos han podido vivir de una manera mucho más acomodada y fructífera que la que tuvieron sus padres.

Y todo lo lograron sin la ayuda del Gobierno. Llenos de propósitos y de ganas de progresar y trabajar, cuatro inmigrantes polacos pudieron definir, para bien, la historia de todas las generaciones que les siguieron. La de mis padres, la mía, la de nuestros hijos, y espero que la de los nietos y bisnietos también.

La historia importa. De donde venimos importa. Y no olvidarlo importa aún más. Poner las cosas en perspectiva, en contexto, siempre ayuda a mirarlas desde otro ángulo, permitiendo juzgar sin ser tan implacables, exigir con coherencia, reclamar con sensatez. Quienes marchan hoy están parados sobre los hombros de gigantes, sobre lo que construyeron generaciones como la de mis abuelos. Los cimientos que permiten a miles de personas salir a la calle a marchar hoy se edificaron con el trabajo, con pulso y con la defensa recia de la oportunidad y los deseos de progresar. Con todo y los problemas que tiene el país, el Estado, la sociedad, nunca antes una generación de colombianos había tenido mayor bienestar y mayores posibilidades de progresar que ahora.

La sociedad está enfrentando ahora unos retos enormes, sin duda. La falta de oportunidades para una generación de jóvenes llenos de esperanza y ganas de progresar es un desafío monumental para todos. Pero no necesariamente la solución solo radica en más reformas, en mejor gobierno. Hay muchas lecciones de esfuerzo y trabajo que nos deja la historia.

En estas épocas de paros y marchas, tal vez la reflexión que más hago sobre las múltiples enseñanzas que dejaron mis abuelos es que los derechos, además de exigirlos, se ganan. Hay que luchar y trabajar por ellos, no quedarse solamente en la queja y el reclamo. Si así hubiese sido, mis abuelos probablemente estarían enterrados en una fosa común en un campo de concentración en algún pueblo distante de Europa. Pero ellos no se dejaron amilanar por las circunstancias. Prefirieron emigrar, construir, trabajar y luchar.

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