Por: Julián López de Mesa Samudio

Sobre los homenajes sin sentido y el movimiento estudiantil

EN UN PRINCIPIO FUE LA DESAZÓN. Luego una tristeza inaprehensible. Hubo algo de angustia y finalmente una amargura profunda.

Hoy creo saber lo que me ha pasado en las últimas semanas: es una mezcla de vergüenza personal y dolor por las oportunidades que mi generación dejó pasar; pero ante todo por las que esta generación de jóvenes está perdiendo. Las últimas semanas han traído un llanto colectivo cuyos lamentos se elevan cada vez más alto. Se llora a Garzón, a Galán, a Lara, al sempiterno (y ya aburrido) Gaitán. ¿Quién llora? Lloran muchas de las generaciones que vivieron cuando estos pseudohéroes cayeron; llora mi generación camuflando su falta de valor tras lágrimas que mañana se olvidarán de nuevo. Mi generación, una generación de cobardes que se dejó amedrentar por unos pocos y que puso sus esperanzas en personas comunes y corrientes (en modo alguno salvadores) que nos hacían sentir menos mal por nuestra pusilanimidad. De esto ya hace más de diez años. Hoy nuestra realidad es diferente y seguimos llorando en cada aniversario.

Empero, lo verdaderamente triste es que los estudiantes —la fuerza vital de cualquier sociedad— se hayan dejado arrastrar dentro del vórtice de unos homenajes insulsos y sin sentido. Quienes han de ser los verdaderos motores de cambio; quienes tienen la oportunidad única de hacer algo mucho mejor de lo que heredaron de nosotros, se lamentan por unos malogrados mártires que realmente no alcanzaron a hacer nada. Los que pudieron ser y no fueron han hecho que las noveles generaciones vivan de un pasado que ni siquiera fue el de ellos. Y lo peor es que la rebeldía, tan valiosa como fuerza creadora, tan necesaria como motor de cambio, se manifiesta llorando en unos homenajes que nada dejan, nada proponen. El ‘legado’, dicen algunos. Yo me pregunto: ¿cuál legado? Nuestros mártires nada alcanzaron a hacer y por ello quizás son venerados. Que eran visionarios y por eso los mataron. Puede ser. ¡Pero ya pasó! ¡Hay que mirar hacia adelante! ¿Qué estamos haciendo los vivos? Sólo pensando en los muertos y en lo que pudo ser. En estos momentos en los que podemos verdaderamente transformar positivamente nuestro mundo, sólo pensamos en muertos, lloramos nuestras desgracias y opinamos.

¿Qué podemos hacer?, preguntarán los lectores de Atalaya. Por lo pronto unirse, crear un verdadero movimiento estudiantil que mire hacia adelante y no hacia atrás; que no enarbole las banderas desgarradas de las generaciones fracasadas, ni las ideologías y discursos vetustos que es necesario dejar atrás. Y para hacer esto lo primero que hay que hacer es reconocer el verdadero poder transformador que tienen los estudiantes; dejar de lado los tontos prejuicios respecto a sus pares, esa absurda y mutua desconfianza entre la universidad pública y la privada que gangrena a los movimientos estudiantiles desde hace décadas. Hablen. Les aseguro que se sorprenderán de las muchas coincidencias y las pocas diferencias.

* Historiador y docente de la  Universidad del Rosario.

 

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