Por: Antieditorial

Sobre los límites a la libertad de expresión

Por Jorge Luis Barone

Escribo esta columna a propósito de las vergonzosas manifestaciones de neonazis y supremacistas blancos en Charlottesville, el doloroso atentado terrorista en Barcelona y otros tantos episodios lamentables que han venido a enlodar la historia reciente de la humanidad. También escribo en relación con el editorial de El Espectador del pasado 20 de agosto, que se refería a la libertad de expresión y de la cual disiento en una pequeña pero importante parte, que es la que motiva estas palabras.

El editorial en cuestión, titulado “Las perversas falsas equivalencias”, se pronunció sobre la triste asimilación que hizo el presidente Trump al equiparar a los grupos neonazis y supremacistas blancos en Charlottesville con aquellos que los confrontaron. Entrado en el punto concerniente a la libertad de expresión, el editorial precisa: “No se trata de coartar la libertad de expresión. En estas páginas hemos defendido el derecho de los sectarios a vomitar su odio en público, incluso si ofende. Pero esa protección constitucional necesaria no los blinda del repudio público, que debe ser contundente”. Desde luego, el editorial contiene una oposición frontal a este tipo de manifestaciones, pero hizo que me preguntase si la libertad de expresión debe tener algo que la contenga, concretamente hablando, si debe tener un límite.

Es fácil entender que la libertad de expresión encuentra un límite externo, reflejado en la legalidad o no del acto que es materia de una opinión o posición determinada. Así, en torno al aborto, dos mujeres deben ser igualmente protegidas en su libertad de expresión, no obstante que una de ellas esté totalmente a favor y la otra, totalmente en contra. Sin embargo, bajo un escenario como el colombiano, la primera no podría abortar por fuera de los tres casos de despenalización ya conocidos, argumentando su opinión diversa; la segunda, asumamos que es jueza, no podría proferir una condena en contra de aquella mujer que ha abortado bajo una de tales causales, argumentado su particular convicción. La libertad de expresión encuentra entonces un límite elemental y sencillo, que se contrae a la regla según la cual no se puede pasar de la palabra a los actos, salvo que la ley lo permita.

El problema estriba en la idea de imponer un límite a la expresión, en sí misma considerada. La propuesta que deseo explorar la hallé contenida en la obra de Leonardo Padura El hombre que amaba los perros. Allí, a propósito del oscuro período de la historia rusa conocido como “La Gran Purga”, durante el cual Stalin ordenó perseguir, ejecutar o esclavizar a cientos de miles de detractores e incluso miembros del Partido Comunista Soviético, el autor nos expone a través de los pensamientos de Trotski lo siguiente: “Stalin ha demostrado ser un verdadero genio de la componenda: su exitosa eliminación de cualquier oposición dentro del Partido (…) se convirtió en su arma política más eficaz para esfumar la democracia y, después, instaurar el terror y llegar a cabo las purgas que le daban poder absoluto. Tal vez el primer error del bolchevismo, debió de pensar Liev Davídovich [Trotski], fue radicalizar la eliminación de las tendencias políticas que se le oponían (…). Si se hubiera permitido la libertad de expresión en la sociedad y dentro del partido, el terror no habría podido implantarse”.

Esta última afirmación tiene un trasfondo que se ubica al margen de los ideales comunistas de Trotski y la simpatía o rechazo que puedan generar. Se puede estar totalmente en contra de muchas de tales ideas y, sin embargo, reconocer la estruendosa verdad que subyace en esa manifestación concreta: la libertad de expresión es un medio para la superación del “régimen del terror” y para logar nuestra convivencia armónica. La libertad de expresión existe para que nos respetemos, para que quepamos, aun e incluso al margen de las diferencias. La libertad de expresión no puede, por tanto, proteger el odio desaforado de unos seres humanos hacia otros por razón de las diferencias que explican que deba existir tal libertad. Es un contrasentido tan grande como sostener que el derecho a la libertad también me hace libre de tener esclavos o de matar al que no me agrada. Por eso me opongo a que, en nombre de la libertad de expresión, se proteja “el derecho de los sectarios a vomitar su odio en público”. Esos sectarios tienen claramente un derecho a la libertad de expresión. Hay miles si no millones de ideas incluso contrapuestas que caben y pueden ser expresadas, pero la de vomitar el odio en público y fomentar la supresión del “otro” no es una de ellas. Así es como más bien se destruye la libertad de expresión y se promueve una expresión única.

William James, un médico y pensador americano del siglo XIX, dijo que de la siembra de una idea se cosecha un deseo y de ahí un acto, una acción y un destino. Este bonito sendero hacia la superación de los hombres muestra su lado oscuro y retrógrado cuando en la primera de las premisas incorporamos una idea de odio absoluto. A manera de entimema y traído a nuestro tiempo actual, digamos simplemente: siembra odio y cosecharás un neonazi, un yihadista o un supremacista blanco. No en vano las autoridades españolas cuentan con evidencia de que las personas que perpetraron el reciente atentado terrorista en Barcelona fueron influenciadas por un imán de su comunidad. No en vano esos grupos yihadistas utilizan las redes sociales para propagar y sembrar sus ideales de odio, particularmente en los más jóvenes, que suelen ser los más permeables por esas ideas. No en vano los grupos de extrema izquierda y extrema derecha a lo largo de décadas lavaron el cerebro de niños y adolescentes, e inocularon en ellos el deseo de destruir a todo el que se encuentre comprendido en el grupo de “los diferentes”.

Obama dijo en su famoso trino, escrito con ocasión de las manifestaciones de neonazis y supremacistas blancos en Charlottesville, que nadie nace odiando a otro debido a su raza o su credo. Eso es cierto. Alguien le sembró la idea. Permitir que esas ideas de odio se expresen públicamente es sembrar con odio la hectárea completa, porque detrás del refrán de James se esconde una conclusión muy sintética: las ideas son para cosechar destino. Así que, si permitimos que el odio se inocule, cosecharemos un destino lamentable.

Es hora de que las sociedades modernas entiendan que hay ideas que no merecen ser prohijadas en nombre la libertad de expresión. Cuando alguien afirma: “(…) Te vamos a quemar (…) Ya matamos a 6 millones de judíos; 11 millones no es nada (…) Yo soy 99,9 % blanco. Mira tus ojos y mira los míos. Yo soy muy superior a lo que tú puedas ser (…) Para mí eres una perra cruzada”, como en efecto le dijeron a la periodista de Univisión Ilia Calderón, no es para que esa idea viva en forma contemplativa e inane en la mente de algunos fieles a la causa. Es para que alguien salga a matar.

Entiendo lo difícil que sería crear una regla conceptual sobre las ideas que deben ser excluidas, pero no todas las limitaciones tienen que venir bajo una fórmula general y abstracta. Creo que con un mínimo de sentido común se pueden precisar algunas concretas que no están cobijadas por la libertad de expresión, como las que defienden el nazismo o el yihadismo. El tema, aunque polémico, ya empieza a encontrar respaldo. Facebook y Reddit, por ejemplo, han dado un paso al frente al anunciar, luego de las manifestaciones de Charlottesville, que cerrarían todas las cuentas de los grupos de odio. Algunos dirán que eso viola la libertad de expresión. Yo creo más bien que la preserva. Cuando no existamos “los otros”, ya para qué libertad de expresión.

 

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