Sobre los poemas de Borges

He recibido su amable invitación a participar con opiniones acerca del asunto de los poemas apócrifos de Borges que se ventilan en la edición dominical del 5 de julio. Éstas son:

El juego de las apocrifias es un juego perfectamente legítimo dentro del canon literario contemporáneo. Jorge Luis Borges hizo gala de él en muchos de sus cuentos y escritos, inventando autores y obras de diferentes épocas, y lo hizo de un modo tan magistral que nos hizo creer a todos por un tiempo que tales obras existían de verdad y que esos autores habían sido tan reales como nosotros. Creo que él inspiró en cierto modo varios de esos ludismos a autores de la literatura moderna, de la que él mismo es representante insigne.

No tendría nada de raro entonces que Hárold Alvarado Tenorio, poeta colombiano seguidor de la obra de Borges y estudioso de ella, lo imitara desde joven, insertando un prólogo de Borges a uno de sus libros: Pensamientos de un hombre llegado el invierno. El prólogo imita tan bien el estilo borgiano, que el mismo Borges al leerlo alguna vez expresó que podía haber sido escrito por él, alimentando así el carácter espejeante del texto literario.

Por si fuera poco, Alvarado Tenorio escribió unos sonetos donde imitaba el estilo de Borges y los publicó en varios periódicos de América, continuando con este juego, y son tan ingeniosos, que muchos nos volvimos a creer el asunto. Por supuesto, los textos generaron controversia, hasta desembocar en la polémica que mantienen hoy Héctor Abad y Alvarado Tenorio con respecto a ello, la cual ha alcanzado los límites de cierto escándalo.

Recibí hace más de un año una llamada de Héctor Abad desde Alemania donde me consultaba al respecto y yo le dije que había sido testigo de la escritura de algunos de estos textos de Hárold, cuando fui a visitarlo a Nueva York en el año 1982, cuando él trabajaba allá como profesor en una universidad privada. En efecto, Borges visitaba por entonces Nueva York y ocurrieron una serie de incidentes fascinantes con María Panero, él, Borges y yo, que Hárold aprovechó para sacarles provecho en una crónica, que tiene matices de fabulación, como toda buena crónica, y que funciona perfectamente bien como un divertimento literario.

Lo demás lo ignoro. No he leído los artículos de Héctor Abad —novelista que admiro y respeto— al respecto. Sólo conozco parte de una misiva que él le remitió a Alvarado Tenorio y me reenvió a mí, donde dice que nunca le ha difamado y que él en cambio sí ha recibido una andanada de infamias e insultos, cuestión que de ser cierta es de lamentar.

 Gabriel Jiménez Emán. Escritor y poeta venezolano.

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