Por: Cartas de los lectores

Sobre un editorial

El editorial al que me refiero es al del 5/3/2019: “La frontera después del concierto”, allí se lee que “cuando se habla de buenas intenciones para reconstruir Venezuela, harían bien el Gobierno Nacional y el Congreso colombiano en empezar por reconstruir las zonas fronterizas”. Pero no es solo ese el editorial de El Espectador donde se hace una fundada lectura crítica de la realidad nacional en lo bueno, lo regular y lo malo, que en esa realidad de país se manifiesta. Es decir, el de El Espectador es un ejercicio periodístico y político en su más alto sentido ético; torpe sería un gobernante que no lo viera así.

Razón han tenido periodistas y caricaturistas de este diario en preguntarse por qué tanta energía mostrada en la ayuda humanitaria a Venezuela no se hace también con los niños desnutridos de La Guajira y los olvidados de siempre: el Chocó. Pero volviendo a la frontera, los departamentos que la componen muestran altos niveles de inequidad social y conflictos sin solución, como el del Catatumbo. Cualquier población de la frontera es un ejemplo para ilustrar la inequidad, y quiero referirme al tercer municipio del departamento del Cesar: Agustín Codazzi. Este municipio vivió una rica bonanza algodonera durante al menos cuatro décadas, entre 1950 y 1980. En esas calendas Codazzi, en tiempo de cosecha algodonera, tenía una población entre nativos y flotantes de 100.000 habitantes. A partir de 1980 vino la decadencia del algodón y el pueblo empezó a padecer; para colmo, dejó de llamarse Panamericana la carretera que lo atravesaba, y Codazzi quedó como un pueblo triste, aislado y pobre.

La evidencia de esa realidad quedó sustentada en el Censo Nacional (DANE) de 2018. Pues bien, el último registro de población conocido dice que en 2017 Codazzi tenía 50.100 habitantes. Esa población bajó a un poco menos de 50.000 en 2018, y la proyección que hace el DANE es a la baja en los años siguientes: para 2019 ya son 49.293 habitantes. Si esa es la suerte del tercer municipio del Cesar, la inferencia que se hace de los restantes no puede ser mejor. La interrogante es por qué ese fenómeno, y la respuesta es primero el desempleo y segundo el muy pobre servicio de acueducto en un pueblo que ha registrado los grados de temperatura más altos del país. Se sabe también que el conflicto de la violencia (guerrilla y paramilitar) golpeó durísimo al municipio, con el consecuente desplazamiento a otros destinos de familias enteras.

Dejo ahí una muestra significativa que bien puede extenderse a toda la frontera colombo-venezolana. Y termino con las últimas líneas del citado editorial, que quiere hablar al oído del Gobierno Nacional: “También es una zona clave para la asimilación de los migrantes venezolanos, muchos de los cuales deciden quedarse en estas poblaciones, donde el trabajo es de por sí precario. La situación empeora todos los días y no hay a la vista soluciones”. Los noticieros de televisión, en sus dos canales principales, que tanto espacio dan a la situación de Venezuela, y ahora a las hondas diferencias con Colombia, bien podrían mostrar esa otra realidad, a fin de que “ese tipo de situaciones (no) se sigan saliendo de control en territorio colombiano”. ¿Se imaginan si los vientos de guerra entre estos dos países hermanos llegaran a desatarse, como quiere el Caín del Norte? Si lo que se ve hoy es pobreza, mañana sería miseria.

Donaldo Mendoza

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