Por: Julio César Londoño

Sobre una ciencia mundana

Los cosméticos son tan viejos como el arte de cañar. Ya los usaban hace miles de años el guerrero para verse más fiero, el chamán para lucir más grave, la muchacha para subrayar su belleza y la vieja para disimular las afrentas del tiempo.

Como todo lo que encierra ardides, la cosmetología es un sector muy dinámico. Hace treinta años sólo existían nueve colores de lápices labiales. Hoy la paleta tiene 254 tonos que van desde el rojo bermellón, color que grita “estoy a punto”, pasan por la gama de los tierras, que significan “soy distinta”, y llegan hasta el negro, un desdén gótico que traduce: “Vete a la mierda, baby”. Pero los más populares siguen siendo los rojos fuertes porque imitan, como el rubor de caja, la afluencia de sangre hacia la superficie de la piel durante la excitación sexual.

El origen de los tatuajes es incierto. Los han encontrado en la famosa momia Ötzi (3300 a. C.), en los hipogeos griegos y en las pirámides aztecas. Luego desaparecieron de la escena hasta finales del siglo XIX, cuando fue redescubierto como ornamento erótico del cuerpo femenino, esa geometría hechizada. Pero sólo empezaron a usarse masivamente en los años sesenta, cuando Joan Baez se tatuó un signo de paz en el hombro y Janis Joplin un corazón en el pecho.

El tatuaje y los cosméticos se encontraron en los ochenta, cuando las mujeres decidieron utilizar “maquillaje permanente” para delinear los labios y los ojos. Se estima que hoy una de cada cinco mujeres tiene algo permanente en su rostro… o en partes más íntimas: los esteticistas ofrecen cambiar ese plebeyo café oscuro de los genitales por “un precioso tono sonrosado que sorprenderá a sus amistades”.

El piercing lo inventaron los aborígenes de todos los continentes pero sólo llegó a las calles con las narigueras y los zarcillos múltiples de los hippies estadunidenses de los años sesenta. La moda hizo furor en los ochenta, cuando el piercing fue adoptado como accesorio de choque en la pinta del chico punk. La novedad de nuestra época consiste en usarlos también en los genitales, una audacia inédita en la milenaria historia de la moda.

El éxito de las rubias es antiguo; data por lo menos de los tiempos de la prostitución sagrada, una especie de impuesto instituido en la Babilonia del siglo V a. C. Por ley, toda mujer respetable tenía que prostituirse una vez al año junto a los muros del templo con el primer transeúnte que le solicitara sus servicios. La tarifa la fijaba el templo y la dama no podía negarse a nadie que pudiera sufragarla ni retirarse a su casa hasta haber cumplido con su deber y entregado el fruto de su trabajo al sacerdote. Las menos agraciadas podían pasar varios días en los muros sin conseguir el cliente y muchas feítas decoloraban sus cabellos porque ya entonces las rubias eran las más solicitadas.

El pubis se ha deforestado al ritmo del encogimiento del pantalón de baño. Hoy la tendencia es llevarlo calvo, como ofreciendo una segunda desnudez, o con el “estilo Hitler”, un simpático bigotito que se deja arriba del vértice goloso. Es más cómico que erótico pero a los fotógrafos les encanta porque permite tomas muy explicitas sin renunciar del todo al encanto del agreste vello.

La depilación, el corte y las extensiones, el esmalte, el lápiz, el tinte y el rubor, el piercing, las joyas y el tatuaje, la loción y los desodorantes son sólo una parte del vasto arsenal de los afeites y aderezos de ese bluff infinito que llamamos moda y cuyos ciclos resumió para siempre Marlene Dietrich: “Aunque la moda de ayer es risible, admiramos la de antier, es decir, la de mañana”.

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