Por: Cartas de los lectores

Sobre una columna

Quiero referirme a una columna publicada el sábado 20 de abril en curso en las páginas de Opinión y cuyo autor es el señor Julio César Londoño. Cita él una supuesta frase de Julio César en Egipto, cuando uno de sus oficiales fue a avisarle que la Biblioteca de Alejandría estaba ardiendo: “Déjala que arda. Es una memoria de infamias”. Y luego agrega el señor Londoño: “Lo mismo podríamos decir de Notre Dame. Déjenla arder. Es una compilación perfecta de las infamias de la Iglesia católica”.

Debo decir que me parecen unas expresiones no solo equivocadas, sino también desafortunadas. Lejos de mí la intención de defender a la Iglesia católica con todos sus pecados. Allá sus acólitos y feligreses. Pero, como dice Perogrullo, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Por más ateos y radicales que fuesen los bolcheviques, con Lenin y Trotski a la cabeza, a ellos no se les ocurrió mandar a quemar la catedral de San Basilio de Moscú o la catedral de Petrogrado (hoy San Petersburgo), después del triunfo de la Revolución rusa. Por otro lado, Notre Dame de París hace tiempo dejó de ser una institución religiosa propiamente dicha para convertirse en un testimonio histórico y un símbolo de la cultura occidental. Basta con leer la historia del jorobado de Nuestra Señora, de Víctor Hugo, para congraciarse con este legado de la Edad Media, sin ser religioso.

El sentimiento que uno —por lo menos yo— experimenta ante el incendio de Notre Dame de París es cualitativamente diferente al experimentado ante el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York. Este último fue un gran choque emocional y, por supuesto, un sentimiento de profundo dolor por la muerte de tantas personas. ¿Quién no se conmovería ante semejante tragedia humana? En Notre Dame, por el contrario, no murió nadie; pero a uno —a mí, por lo menos— lo embarga un inmenso pesar por lo sucedido en París. Es como si el tiempo —tanto el diacrónico como el sincrónico— se hubiera detenido. Esta es, desde luego, una sensación individual. Comprendo que otros no sientan lo mismo. Aquí cabe la famosa frase de Ortega y Gasset: yo y mi circunstancia. Para mí, personalmente, es un drama el desplome de la aguja y el techo de Notre Dame. No alcanzó a ser una tragedia porque, afortunadamente, las dos torres y las paredes con sus vitrales parece que se salvaron, así como algunos valiosos cuadros de varios siglos.

Si se me permite una confesión personal, yo tengo motivos especiales para ser un “fanático” de Notre Dame. Cuando estudiaba en La Sorbona tenía la costumbre de ir a sentarme en una de las bancas de un jardincito justo al lado de la catedral. Allí me relajaba acordándome, entre otras cosas, de que en el año 56 a. C. el gran Julio César había establecido allí mismito un campamento en su campaña por la conquista de Lutetia —hoy París—, la capital de los galos, hecho que el general romano describe con pelos y señales en el Libro II de sus Comentarios sobre la guerra de las Galias. Por lo demás, Francia, donde estuve estudiando más de cinco años, es para mí como una segunda patria, y no tengo ningún empacho en decir: Moi aussi, je suis français.

Lacydes Cortés, Cartagena.

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