Por: Mauricio Rubio

Sobredosis de idealismo

Tan deplorable como penalizar las drogas es intervenir ese mercado ignorando las secuelas del consumo. Eso hizo la Corte Constitucional (CC).

Al anunciar la sentencia contra la prohibición de sustancias psicoactivas en lugares públicos brillaron dos perlas. Una, que se buscó proteger el libre desarrollo de la personalidad pues impedir que los ciudadanos consuman licor o drogas en algunos sitios es "una interferencia en la forma de ver la vida”. Otra, el ejemplo para ilustrar la decisión: un almuerzo familiar con cerveza y vino en el parque entraba en el comportamiento proscrito. Parecería que lo fundamental es impedir que la policía sabotee pícnics. 

La CC evadió la incoherecia entre la persecución implacable a personas fumadoras, parias hasta en las terrazas de restaurantes, y la sofisticación que exige para restringir otras conductas que también afectan la salud y derechos ajenos. No sorprendería que una multinacional tabacalera ponga una tutela defendiendo la aporreada y discriminada personalidad de su clientela.

De esta decisión inquietan las repercusiones. Todas son inciertas y exigen evidencia específica con análisis rigurosos. Pero la garrotera ideológica está tan alborotada que la derecha clamó prohibición; el centro, la izquierda moderada y la tecnocracia se disculparon por tener dudas mientras que la hinchada progre declaró que “el azúcar es una droga mucho más dañina que la marihuana o la cocaína”, propuso pico y placa para el consumo, derrochó demagogia liberal antipeligrosista o recurrió al argumento de autoridad: si la votación fue seis a uno debe ser algo importante. Algunos optimistas se sintieron invitados a un cabildo abierto sobre consumo de drogas.

La complejidad intrínseca del asunto, el prurito de la CC de entrometer pureza doctrinaria cuando se requiere pragmatismo y el desdén selectivo por los datos contribuyeron a este yerro. Es diciente la protesta de varios alcaldes, menosprecidos por quienes creen saber más. Uno de ellos mencionó “estructuras criminales” como costos de la decisión. Por algo nadie proclamó que el libre desarrollo de ciertas personalidades contribuye a la paz.

La prohibición conduce al desastre, el idealismo también. Platzspitz es un parque en Zurich aledaño al Museo Nacional Suizo. En 1987, para contener la expansión del consumo, las autoridades permitieron que se vendieran y usaran drogas. El Parque de las Agujas atrajo jóvenes de toda Europa. La policía acabó interviniendo ese nirvana de usuarios e infierno de vecinos provocando el desplazamiento a un área adyacente. La presión de los nuevos afectados, desesperados con el traslado, acabó con el laissez faire.

La guerra contra las drogas ha sido un rotundo fracaso. Pero hay un abismo entre despenalizar su uso y presentarlas como símbolo de la libertad individual, argumento sesgado a favor de quienes consumen: los demás acaban ingiriendo externalidades hasta intoxicarse. Pretender que las normas de policía o las autoridades locales lograrán un acuerdo entre posiciones irreconciliables y armonizarán salud pública, uso de espacio urbano, seguridad ciudadana y consumo recreativo es una quimera típica de la CC: no es la primera vez que arma un tierrero, ordena que se legisle o se diseñen nuevos modelos de política idealizados; nadie se le mide a la misión imposible y el asunto queda con vacíos legales que los activismos, la informalidad y el bajo mundo van llenando.

Mauricio García, constitucionalista y sociólogo jurídico, hablaba hace años de la “eficacia simbólica del derecho”, un concepto pertinente en esta discusión: al revocar la prohibición de usar sustancias en público la CC envió un mensaje de respaldo al consumo, un exabrupto para un problema de salud pública, además con aplausos de quienes percibieron legalización sin restricciones. En Francia "el uso de cualquier sustancia clasificada como narcótico se castiga con un año de prisión y una multa de € 3.750". La juventud sabe que puede meter marihuana en su colegio o universidad sin ninguna sanción, pero le queda claro que la decisión no es inocua. París empezó a prohibir el cigarrillo en los parques. Aún sin las multas previstas, el mensaje es inequívoco: fumar hace daño.

En España, donde se toman en serio los problemas de vecinos y los conflictos inherentes al uso de psicoactivos o alcohol en la calle, el célebre botellón, está prohibido “el consumo o la tenencia ilícitos de drogas tóxicas, estupefacientes o sustancias psicotrópicas en lugares, vías, establecimientos públicos o transportes colectivos”.

No solo personas anticuadas, rezanderas o uribistas protestaron por este descache de la CC. Como en Zurich o cualquier ciudad, mucha gente, con o sin hijos menores de edad, rechaza que la droga sea parte del paisaje urbano. Además, por elemental aversión al riesgo, numerosas familias luchan porque sus adolescentes no fumen, ni beban ni metan sustancias, mucho menos perturbando vecinos. Les sobran interferencia y consignas baratas en esa responsabilidad libremente asumida. Les parecerá un mal chiste que la juventud colombiana necesite respaldo jurisprudencial para hacer lo que se le antoje.

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2019-06-13T00:00:53-05:00

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