Por: Mauricio García Villegas

Sobredosis de política

LUEGO DE TRES AÑOS DE DEBATE presidencial casi permanente, a causa de la reelección, entramos esta semana en el cuarto y último año de gobierno de Álvaro Uribe, que no es otro que un año de debate presidencial. Así las cosas, los colombianos debemos prepararnos para recibir una sobredosis de la ya aumentada cuota de debate político que absorbemos cada día.

Pero el problema no es tanto la cantidad, es decir la sobredosis, sino la sustancia. A ver si me explico.

La política es un medio, un mecanismo para lograr cosas; cosas buenas, como la paz, el desarrollo, la justicia social o la prosperidad. Para que la política consiga eso necesita movilizar a la gente, organizarla y ponerla a participar. Esa tarea les corresponde a los partidos políticos, que son como puentes entre el ciudadano y el Estado. Ese es el modelo ideal. En la práctica, sin embargo, las cosas son más difíciles. En muchos países los partidos son débiles e incapaces, no sirven de puentes. Para remediar eso, a veces surgen grandes movimientos sociales liderados por gobernantes carismáticos que logran organizar y movilizar a los ciudadanos. Este modelo sustituto, de líderes sin partidos, es el mismo que algunos denominan populista.

En Colombia no tenemos ni el modelo ideal de democracia representativa, ni tampoco el modelo sustituto, de corte populista. A lo sumo contamos con políticos carismáticos —como el presidente Uribe— pero que no están respaldados por un partido poderoso, ni tampoco por un gran movimiento social. Resultado: un debate político que no se funda en la representación de intereses, ni siquiera en la movilización popular, sino en la producción de hechos políticos: compromisos, altercados, rupturas, insultos, declaraciones, reuniones, todo ello enmarcado en el lenguaje grandilocuente de la patria, el pueblo y progreso social.

De esos hechos inducidos surgen una infinidad de titulares de prensa que mantienen al país en vilo, como siguiendo los capítulos de una telenovela. Detrás del voto no hay nada duradero, sólo imágenes; los electores cambian de candidato como cambian de protagonista. Por eso tenemos más clientelas electorales que ciudadanos, más negocios que debates y más votaciones que democracia.

Nada de esto es nuevo; en Colombia el debate político siempre ha estado más o menos desconectado de la realidad social. El presidente Uribe conoce mejor que nadie esa volatilidad de la política y por eso se la ha pasado siete años produciendo hechos políticos, casi todos peleas y muchas de ellas deliberadamente casadas por él con la oposición, con los jueces y con todo el que no le rinde pleitesía.

 De esa política insubstancial y farandulera consumiremos en abundancia en este último año de gobierno. Mientras tanto, los grandes problemas nacionales permanecerán intactos: el narcotráfico, la guerrilla, el ascenso de la mafia, la iniquidad social, la contrarreforma agraria, la corrupción y la falta de Estado de Derecho.

Habrá que tratar de escribir de estas y de otras cosas para evitar la sobredosis de política que se nos viene.

 

* Profesor de la Universidad Nacional e investigador de DeJuSticia (dejusticia.org).

 

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