Por: Antieditorial

Sobredosis de prudencia

Por Martín Villazón

Todo en exceso es perjudicial, y aun un superávit de los valores más deseados puede llegar a jugar un papel antagónico en contra de un individuo, e incluso en contra de una nación. El 25 de marzo del presente año se produjo un editorial en El Espectador titulado “Las cáscaras de Maduro”. En este texto argumentativo se nombraban múltiples abusos que el gobierno venezolano había perpetrado en contra de la población colombiana, y las reacciones aparentemente convenientes y beneficiosas por parte del Gobierno. Lo curioso es que las acciones en contra del país colombiano no eran para nada piadosas. En cualquier otro contexto, o en cualquier otra nación, estos actos serían catalogados como hechos graves, que amenazan la estabilidad, integridad y soberanía de una nación. Pero en el caso colombiano no fue así. Para nuestro gobierno estas acciones son clasificadas como simples “incidentes”.

Entre la vergonzosa lista de actos abusivos cometidos por parte del gobierno venezolano en contra de la nación colombiana se puede recalcar el desafiante hostigamiento a un vuelo comercial de Avianca que trasladaba a más de 200 pasajeros hacia Bogotá, por parte de aeronaves militares venezolanas, lo cual, indubitablemente, colocó a todos los pasajeros en un comprometido estado de inseguridad. El gobierno Santos se mostró absolutamente apacible y sosegado, utilizando el mecanismo diplomático del diálogo entre el gobierno colombiano y el venezolano, al cual poco se le puede confiar. Sin embargo, el jefe de Estado creyó ciegamente en la palabra del bondadoso y humanitario presidente Nicolás Maduro cuando éste le expresó que solamente era una aeronave militar en misión de navegación. Cabe recalcar que el aeroplano venezolano seguía tan de cerca al avión de Avianca que se activó el sistema de alerta de tráfico y evasión de colisión. Pero lo curioso del hecho es que también se le debió activar a la aeronave venezolana, sin embargo, ésta siguió el hostigamiento por cuatro minutos. Sin duda alguna, una misión de navegación demasiado imprudente y singular.

También, entre los hechos ejecutados por el país vecino se destaca la presencia ilegítima de un campamento con más de 60 soldados venezolanos en el departamento de Arauca, lo cual no solamente representa una violación grave a la soberanía del país colombiano, sino también una espada de Damocles en contra de la integridad y estabilidad del territorio ocupado por los militares de la FANB, teniendo en cuenta que han sido estos mismos, con apoyo de la GNB, los que han oprimido y cometido severos delitos en contra de sus compatriotas, a quienes profesionalmente tienen el deber de defender. Claramente, los militares venezolanos no sólo tenían la intención de establecerse en territorio colombiano y enarbolar la bandera de Venezuela. Tan pronto como lograron instalarse, los daños no se demoraron en llegar, pues fueron protagonistas de la destrucción de uno de los cultivos que se producían en la finca donde se asentaron, causando así una repercusión negativa en la economía de esta microempresa. ¿Y cuál fue la respuesta del presidente colombiano? Debido a la obligación de mantener su imagen sobresaturada de docilidad y mansedumbre mostrada durante toda su campaña y períodos electorales, su primera réplica fue acudir a la diplomacia por medio de unas llamadas al Palacio de Miraflores, mientras que se desconocían las verdaderas intenciones de los más de 60 militares posicionados en este municipio araucano, poniendo de esta forma en un alto riesgo a los más de 36.000 habitantes del mencionado territorio.

Es comprensible que, en medio de un contexto relativamente sereno que se está viviendo en Colombia, el Gobierno siempre busque solucionar problemáticas utilizando un procedimiento pacífico. Sin embargo, no nos debemos ir a los extremos: si están violando la soberanía de una nación y están poniendo en un alto riesgo a todo un pueblo, el Gobierno debe tomar acciones más radicales para engendrar un cierto grado de respeto entre las naciones que lo rodean. Cabe recalcar que la intención no es generar un ambiente bélico entre los dos Estados, sin embargo, hay que dejar claro que Santos no es el Dalái Lama, es un jefe de Estado que debe velar y bregar por el bienestar de su pueblo, mas no permitir que otras naciones le mangoneen y pisoteen la dignidad, amparado en la incesable búsqueda de una armonía general absolutamente utópica.

@TinVillazon

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