Por: Andrés Hoyos

Sobreoferta

MIRANDO A MI ALREDEDOR, VEO UN arrume de revistas internacionales sin leer; al lado hay otro de libros empezados o medio hojeados.

Un poco más allá están el computador y la impresora listos a conducirme a los mil metederos de internet. Y no hablemos de los 15 canales de noticias disponibles en televisión. Una voz me dice: “¡Es la sobreoferta, estúpido!”.

Hagamos un rewind de 20 años y la situación se verá con claridad. A comienzos de los 90 uno podía suscribirse en Colombia a unas pocas revistas americanas por un precio razonable o, pagando bastante más, a tal cual revista europea. Para el análisis extenso estaban los medios impresos locales, al tiempo que la radio y la televisión se especializaban en las noticias del momento o en los escándalos. Los libros eran caros y llegaban graneados a las librerías. Los “niños diferentes” podían oír emisoras europeas en onda corta o, a un costo muy alto y con dos días de retraso, recibir un periódico internacional. Así, mantenerse al día y tener información variada no era imposible, pero la operación resultaba costosa y exigía dedicación.

Hoy la oferta se ha multiplicado hasta un punto no previsto por nadie. Teniendo un P.O. Box, uno puede suscribirse a casi cualquier revista, y a dos clicks de distancia están los grandes medios internacionales, algunos de los cuales han empezado tímidamente a cobrar por su contenido. De ñapa, una ñapa muy profusa y confusa, están los millones de blogs. Las redes sociales, en especial Twitter, hacen instantánea la transmisión de lo que acaba de ocurrir. Piénsese, por ejemplo, en la muerte de Facundo Cabral. No había pasado media hora desde el asesinato, cuando ya toda Hispanoamérica estaba al tanto. El problema ahora no consiste en conseguir información, sino en filtrarla y seleccionarla, aparte de sustraerse a su avalancha.

El lado económico de la ecuación es dramático. La sobreoferta significa que la fidelidad de los lectores (o receptores) se va a reducir drásticamente, subsistiendo con dificultad en aquellos medios de muy fuerte personalidad que los involucren vitalmente. El resto va a descubrir pronto cómo sigue perdiendo audiencia, pues los lectores pueden obtener lo mismo que ellos ofrecen de 20 fuentes alternativas. La publicidad está a la baja en la mayoría de medios, salvo los de internet, entre otras razones porque su eficacia se puede medir con mucha más precisión que antes. Además, se ha vuelto muy difícil de enfocar: ¿para qué le sirve al anunciante venezolano que yo vea en CNN en español su comercial? No le sirve para nada.

Lo anterior significa que el mal rato por el que pasa el periodismo no es temporal y que lo que los economistas llaman la “corrección” va a ser larga y dolorosa. La sobreoferta seguirá y aumentará, lo que paradójicamente significa que muchos medios van a morir de inanición o van a subsistir debilitados en medio de la irrelevancia.

No es la primera vez que una actividad intelectual crucial se ve amenazada por la sobreoferta. Algo me dice que la crisis del arte plástico provino del mismo fenómeno: demasiada gente detrás de un “mercado” demasiado pequeño. Pero el riesgo de pérdida es real, porque una actividad sobreofrecida sufre grandes distorsiones y restringe la remuneración de sus practicantes, lo que no augura que el mejor talento se vaya a dedicar a ella.

La solución, en todo caso, es huir hacia adelante porque la sobreoferta informativa no tiene reversa.

[email protected] @andrewholes

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