Por: María Antonieta Solórzano

¡Sobrevivientes!

En cualquier lugar del mundo y época de la historia, produce júbilo presenciar la liberación física, mental o espiritual de un ser humano.

Mucho más si se logra en un rescate, sin sangre, y en un país como el nuestro. Una mujer, Íngrid Betancourt, tres norteamericanos y once héroes que estaban sometidos a los atroces vejámenes del secuestro, ahora están libres. 

Verlos caminar con sus propios pies, sentir entre ellos la relación de mutua ayuda y afecto y notar que la esperanza de ocupar en sus familias y en la sociedad el lugar que tenían antes de ser capturados, aparece en sus expresiones. Esto sólo genera una solidaridad tan profunda que el relato se queda corto y las lágrimas cuentan mejor lo que el espíritu siente.

Sabemos que estamos en presencia de almas grandes cuando la bondad que habita en el interior de un ser humano no es sepultada por el cautiverio ni las humillaciones y, en cambio, de sus corazones brota la alegría, la voluntad de vivir y el deseo de servir a los demás. ¿Nosotros también tendremos el alma grande? ¿Qué nos hubiera pasado si hubiéramos sido sometidos a esa experiencia? ¿Habríamos sobrevivido? ¿Habríamos aprendido lecciones de vida y convivencia? ¿Habríamos sido útiles a nuestros compañeros de infortunio?

Tal vez sí, tal vez no. Sólo imaginar la situación encoge el corazón. Al final del año pasado vimos a Íngrid desnutrida como los prisioneros en Auschwitz, convertida en símbolo político internacional, en “objeto” valioso para sus captores. Aun así, la vimos digna. En su rostro, como en el de los demás, el dolor los atravesaba y parecía decir: estoy en el límite de mis propias fuerzas. 

Ahora verla salir con una sonrisa profunda y serena, con fuerza y lucidez para enfrentar las exigencias que demandan el encuentro con la familia, los afectos, los medios y la comunidad internacional, nos obliga a encontrar en sus palabras y en su relato las señales que nos enseñan cómo ella y los demás lo lograron.

Victor Frankl, psicoterapeuta fundador de la logoterapia, sobreviviente de los campos de concentración, se preguntó por las experiencias comunes que tenían quienes sobrevivieron y resistieron el impulso de lanzarse contra las alambradas. Notó que habían optado por sobrevivir con la esperanza de lograr “algo” que se realizarían después de salir del cautiverio. Íngrid, abrazada a sus hijos, los besaba una y otra vez, definió este momento como “el paraíso”. “Ellos —dijo— son mis niños, mi orgullo, mi razón de vivir, mi luna, mis estrellas. Por ellos seguí con ganas de salir de esa selva, por la ilusión de volverlos a ver”.

Este abrazo con el que el mundo también lloró, mostró lo íntimo y profundo del dolor del que se renacía. En la entrevista con Larry King, frente a las preguntas que obligaban el recuerdo del dolor más hondo, contestó determinada y sencilla: “Para hablar de eso no estoy lista”.  Con esta respuesta nos contó que se hizo dueña y soberana del dolor indecible.

Y es que cuando en simultáneo se ha decidido sobrevivir y se asume el dolor en toda su profundidad, la vida responde y, entonces, se hace presente una gran fuerza interna que claramente proviene de la conexión con el Amor. El dolor asumido, la voluntad de sobrevivir y amar distinguen a los que construyen la historia de lo notable frente a los que hacen el camino de lo abominable.

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