Por: Gloria Arias Nieto
Pazaporte

Sobrevivientes

Cada excombatiente que matan es un tiro que le disparan a la paz. Es la versión más irreversible y primitiva de la venganza. Es un mensaje de sangre y fuego, que pretende derrotarnos y proclamar que nunca habrá futuro, porque el pasado es un mal incurable.

Es tan estúpida la muerte cuando la mandan a 340 metros por segundo —así, encapsulada con polvo de plomo y cobardía— que es imposible no mirarla y llenarse de vergüenza.

La buena noticia es que no vamos a darnos por vencidos:

No firmamos un Acuerdo de Paz para cambiar de enemigo y seguir sumidos en la violencia. Se firmó para reaprendernos en un nuevo sentido de democracia; un sentido que nos permita construir un país libre del humo de los fusiles. Libre del miedo de estar vivos.

Lo firmamos sabiendo que sería difícil cumplirlo, pero quizá no calculamos que habría tanta connivencia entre la intimidación y distintos tipos de poder; tanta negativa a compartir tiempos y espacios, en una nueva realidad política, o en un ejercicio del alma.

No vamos a permitir que nos pinten en el mapa como el único país del mundo que rechaza la oportunidad de paz, porque no es perfecta. Ni vamos a callarnos mientras —cada tercer día— los sicarios les entregan a los campos de Colombia nuevas cortes de huérfanos.

De poco sirve que la pena de muerte sea prohibida, si en la práctica se compra y se vende como un vicio cotidiano.

Campesinos, excombatientes y líderes sociales caen asesinados frente a sus casas. Ya perdimos la cuenta y el rastro de la historía individual. ¡Hemos perdido tanto! Ahora, por favor, no perdamos la conciencia. Ni perdamos a los sobrevivientes.

Colombia no puede cerrar los ojos frente a los velorios de pueblo, los desaparecidos, las casas de pique y los niños abaleados.

Seguimos sin saber quién ordena cada muerte. ¿A quién le resulta tan inadmisible que prospere un nuevo orden social? La pregunta es dura y toda respuesta será horrible; pero es preciso saber quién está tan en contra de la reconciliación, del reclamo de derechos, de la urgencia de salirnos de esta camisa de fuerza que amarra a unos al instinto de venganza y a otros al silencio forzoso.

El domingo, el movimiento DLP (@DefendamosPaz) abrió en San Juan Nepomuceno —a unos 50 kilómetros de El Salado y Ovejas— el capítulo #MontesDeMaría. Ni la masacre de hace 19 años, ni un desplazamiento acumulado de más de 28.000 campesinos han quebrado el valor de los sobrevivientes.

La resiliencia sí existe, y el domingo la sentimos hablar, contar y bailar, entre la razón y la pasión, entre la piel curtida y la memoria de una tragedia que arrancó a los campesinos de sus tierras, como árboles partidos por la tormenta. La violencia les quitó casi todo, menos el valor.

La semana pasada, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas dejó un mensaje claro: es inaplazable el compromiso de sacar adelante la paz. “Conquistar el final de todas las violencias tiene que ser el propósito de toda Colombia”. Creo que esta visión planteada por Iván Cepeda en San Juan lo resume todo. La guerra nos hizo enemigos y fue un desastre. La paz nos hará posibles.

Recuerde: este #26DeJulioElGrito sonarán las voces y las campanas, y las calles y plazas de nuestro país y el mundo sabrán que usted tampoco se da por vencido.

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2019-07-16T00:00:52-05:00

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