Por: Pascual Gaviria

Socialismo del siglo pasado

LUEGO DE SESENTA AÑOS DE FUNDAción de la República Popular China, cuando el lema “Todos iguales en la misma clase social” ha sido reemplazado por una fatigante carrera en busca de un cupón de ingreso a la creciente clase media, al grupo de los llamados “nuevos hombres dinámicos”, parece que la figura maternal de Mao vuelve a estar de moda.

Pero no se trata de una nostalgia ideológica, sino de un capricho estético con su toque de ironía. Primero fueron los rockeros y los artistas de la generación Tiananmen. Usaron en clave deformada la simbología y las frases del maoísmo como una manera de burlar la historia propia con la misma moneda. Aunque falsa. Ahora un público más amplio y menos crítico abraza a Mao como símbolo kitsch Made in China. Al fin Mao es una figura del pop art en su propia casa.

En América Latina la suerte de la leyenda revolucionaria ha resultado ser muy distinta. Entre nosotros la deformación se ha dado más por las secuelas de la senectud y la grandilocuencia de nuevos propagandistas políticos que por la caricatura o los retoques críticos de artistas y diseñadores. Hace cincuenta años Fidel Castro entró triunfante a La Habana convertido en una especie de santón de la nueva humanidad. Un hombre en cuyo corazón cabían todas las grandes palabras: el valor y la generosidad, el sacrificio y los sueños, la esperanza y la firmeza. Las palomas amaestradas seguían los primeros sermones desde su hombro, encandiladas con sus ojos, hechizadas con el humo de su tabaco. Sartre se atrevió a decir que era un nuevo San Juan de la Cruz.

Ahora, cuando revolución y comandante son plantas más que marchitas, cuando Fidel Castro es una especie de Rey Lear que entrega sus disparates de ultratumba desde el Granma, cuando ni siquiera los funcionarios más leales al régimen pueden reprimir sus burlas contra la chochez y el apego al poder, cuando se renuevan las purgas y la nomenclatura se hace cada vez más estrecha, cuando los programas de educación ideológica y las escuelas del campo son un recuerdo y un fracaso probado, resulta que el régimen cubano tiene de nuevo mucho que enseñarnos. Y sus dogmatismos dirigen la gran marea continental, impulsada por un muñeco grotesco que repite el mismo sonsonete con nuevos bríos: “Patria, socialismo o muerte”.

Hace unos meses Hugo Chávez le entregó a Raúl Castro una réplica de la espada de Bolívar como un reconocimiento a la Revolución Cubana y a Fidel, a quien llamó el padre de los revolucionarios de “toda esta tierra”. Y cada que se encuentra con el heredero lo saluda con un gesto marcial de vasallaje, con la rigidez del teniente coronel frente al comandante. Pero no es sólo un gesto para el homenaje. En la práctica los cubanos manejan en Venezuela algunos de los programas bandera del socialismo bolivariano. El guión ideológico y económico de los países del Alba viene desde el ocaso cubano. Mientras en Cuba la gente está recordando el “Maleconazo” de hace 15 años, un grito de descontento en las calles de La Habana que tal vez se apagó por falta de calorías; mientras los jóvenes juegan al doble sentido con las consignas descascaradas y huyen de las liturgias del Estado; mientras las costumbres del lenguaje cotidiano han abandonado el revolucionario “compañero” por los menos oficiales brother, yunta, nagüe o socio, en algunos países del continente se está importando la vieja cartilla como indispensable manual de instrucciones. Los cubanos miran desde la isla y se ríen desconsolados. Lo que para ellos parece terminar, para otros apenas comienza.

wwwrabodeaji.blogspot.com.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Pascual Gaviria

Seguridad y control

La cárcel por casa

Protección violenta

Gestor general

Ministerio del superior