Por: Columnista invitado

Sofía y el terco

A veces pienso que me voy a morir pronto. En los últimos días he tenido explosiones de felicidad auténtica y siempre he creído que eso pasa cuando uno se va a morir.

La vida me ha dado cosas por qué sentirme feliz, como el simple hecho de haber ido al cine a ver Sofía y el terco y haber salido con una sonrisa, con el alma en paz, emocionada hasta los tuétanos; inspirada y con el impulso de hacer cosas, de celebrar, escribir, pero sobre todo, de quedarme con esas imágenes y decantarlas, saborearlas. Agradezco no haberme perdido esta película, agradezco que Andrés Burgos la haya hecho porque no se parece a ninguna otra que se haya producido en este país. Desde hacía mucho clamábamos por una estética y unos temas diferentes en nuestro cine; nos preguntábamos cuándo íbamos a poder contar historias sencillas —como los argentinos o mexicanos—, cuándo íbamos a alejarnos del estigma de la guerra, del dolor, de los buenos y los malos; pensábamos que no teníamos nada más que contar, que nada interesaba. Y sin embargo aparece Sofía y el Terco como un oasis en la mitad del desierto, con una historia simple pero llena de poesía, de humor —del fino—, de buenas actuaciones, con sus paisajes perfectos, coloridos, una dirección de arte impecable, una producción, edición y musicalización que transportan a un universo de ficción bien pintado, ese universo que ansiamos los espectadores cuando entramos a una sala de cine. Yo no soy crítica de cine. Estoy muy alejada de serlo; pero lo que yo vi esa noche es realismo mágico puro, en serio. Me reía con ganas, luego lloraba, después otra carcajada que salía sin esfuerzo y más tarde un nudo en la garganta de emoción: confirmé que estaba frente a una obra de arte, llena de sensibilidad; que quienes habían hecho esto estaban jugando conmigo como querían, que estaban logrando manipularme, y yo, dejándome llevar sin poner ningún tipo de resistencia, feliz. Me sentía plena sabiendo que esa película era hecha aquí y que esa historia se había convertido en algo grandioso gracias a la iniciativa de unos pocos que creyeron que Colombia merecía esto. Porque también somos ese verde de la montaña, el campo, la amistad, también la tienda, la virgen y los santos, la música, el tedio, las ganas de cumplir un sueño, de viajar. Si pudiéramos narrarnos así más a menudo nos encontraríamos por fin, sabríamos quiénes somos, más allá de todo eso que ya sabemos que somos —los seres violentos y corruptos¬ que ilustramos a diario en series de televisión, películas y libros—, y que también estamos cansados de repetir.

Con una narración inteligente a través de los detalles y la brillante actuación de Carmen Maura —que no musita palabra en la película y sin embargo habla tanto—, Sofía y el terco marca, a mi manera de ver, un antes y un después en la producción cinematográfica de este país. Y aunque sea ésta una columna melcochuda —lo sé—, aunque haya cosas que no funcionan en la ópera prima de Burgos, a mí me tienen sin cuidado. Yo prefiero lo otro, lo más importante. Me quedo con eso que me llevo a casa: la sensación que producen los buenos recuerdos. Tan buenos, que ahora escribo para que no dejen de verla, porque vale la pena salir emocionado del teatro, vale la pena sentir que también somos eso que vemos ahí: un país que necesita cumplir los sueños.

 

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