Por: Juan David Ochoa

Sofismas en el incendio

Escribo esta columna el miércoles 20, un día antes del paro nacional que el gobierno interpretó anticipadamente como una amenaza a su estructura y a su establecimiento, negando deliberadamente los argumentos básicos de la protesta general: ausencia de argumentos políticos, abusos fiscales contra sectores marginados, negación permanente del posconflicto y sus riesgos monumentales, negligencia en la protección de los líderes, destrucción de los recursos naturales y el escándalo evidente y continuo de un gabinete ministerial que se reemplaza a sí mismo ante cada incendio. El mismo calamitoso embajador de Colombia en los Estados Unidos, Francisco Santos Calderón, lo ha dejado en evidencia en sus conversaciones con la canciller entrante. Ante todas las luces de la obviedad el gobierno de Iván Duque es un desastre, pero su altura en el poder no le alcanza para reconocer los errores que evidencia el humo de la autodestrucción al interior del palacio. Negó la protesta y la inconformidad, y no contentos con la embestida hicieron silencio cómplice con los allanamientos en casas de artistas y líderes del paro con extraños argumentos jurídicos, una postura que más que imponer la prevención fue un amedrentamiento. Eliminaron publicidad alusiva a las manifestaciones criminalizando las ideas sin tocar las propagandas de su buena gestión, enviaron al ejército a marchar por la carrera séptima sugiriendo el poder de las balas contra el desvío de los gritos, y afianzaron la mordaza institucional para que nadie piense que una nueva protesta será aceptada con pacifismo y consideración.

Los infiltrados de parte y parte habrán hecho ya sus números previstos, y los noticieros de los canales hegemónicos y custodios del capital que los sostiene para defender sus teorías y anular sus yerros se habrán degustado ya con ventanales quebrados que les sirve aún para anular el malestar social que lanzó cientos de miles de personas a las calles exigiéndole a un gobierno inepto compostura y decencia ante la asfixia que siguen defendiendo con cifras imposibles. El antecedente de Piñera y su reconocimiento final de los errores fiscales ante las marchas les sirvió para preparar un plan de choque que pudiera evitar una rendición de sus posturas y una declinación que los obligara en escalada a mejorar las condiciones sociales que afectarían inevitablemente al sector empresarial que los sigue vigilando con ensañamiento. Esas cuotas políticas tan férreas no pueden negociarse con debilidad en el viejo país de la sede de la corona española que implantó la tradición del dogma y la venganza. Pero harán lo que saben hacer muy bien en situaciones difíciles cuando una postura políticamente incorrecta los empieza a desbordar: reconocerán que los vacíos estructurales existen y que la deuda prehistórica con las clases marginadas la heredaron para enfrentarla. Paños de tibieza y distorsión que usaron también en la consulta anticorrupción para fulminarla después entre el silencio de los meses siguientes y las gavetas conocidas del lobby que han usado con profesionalismo desde los tiempos leguleyos de Santander. Sabrán hacer sus espectáculos de ilusionismo, una vez más, aunque el ardor en la implosión siga acumulando la rabia que les sigue señalando las evidencias de la inequidad que sigue lanzando fuego sobre este incendio.

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