Por: Gloria Arias Nieto
Pazaporte

Sofismas, urnas y esperanzas

La menor abstención en 44 años y 11.233 puestos de votación sin incidentes violentos son dos triunfos importantes. Ninguna de las dos cosas sucedió por arte de magia. Lo primero es reflejo de una mayor conciencia ciudadana, y lo segundo, consecuencia del desarme. Los acuerdos de paz lograron que las Farc le apostaran a un país sin secuestros, sin extorsión ni masacres; pensaron que el Gobierno y la sociedad serían capaces de cumplir lo pactado y que podría ser más interesante participar de la democracia que incendiarla.

Hasta ahí bien. Pero nos aquejan peligrosos trastornos, como el mal de envidia, el mal de ingratitud y los brotes de amnesia. Las Farc no se desarmaron porque los fusiles les pesaran en los hombros o en la moral, sino como producto de un complejo proceso de negociación, que implicó perseverancia, inteligencia racional y emocional, tener cerradas las ansias de venganza y abierta la mente hacia inexplorados caminos de perdón y reconciliación.

Como parecemos adictos a los sofismas, el haber terminado con 50 años de guerra no bastó para que Humberto de la Calle —artífice, con Sergio Jaramillo, de la titánica tarea— recibiera en las urnas el respaldo necesario.

Desde luego, la responsabilidad de este resultado electoral no es solamente de los escépticos, de los críticos de la paz o de quienes pensaron más en atajar a Petro que en apoyar a De la Calle.

La tenebrosa responsabilidad (me choca la palabra “culpa”) recae prioritariamente en el jefe del Partido Liberal. César Gaviria logró lo impensable: que el mejor candidato tuviera la peor votación. Le dio la espalda y fue un líder gris; puso cara de bostezo con mareo en cuanto evento apareció, y al entorpecer la alianza con Fajardo, estamos hoy ante la encrucijada de arrojarnos por un precipicio que haría inviable a Colombia, o destrozar la médula de los acuerdos de paz, volver a las cruzadas y las chuzadas y reendiosar al innombrable en su traje de titiritero mayor.

A 180º de Gaviria está la figura de Juan Fernando Cristo, quien asumió con decencia y lealtad las reglas del juego; un hombre correcto que respetó la palabra y actuó de buena fe. Ojalá entre él y De la Calle rescataran de las insulsas y pretenciosas garras de Gaviria al moribundo Partido Liberal.

Los elegidos para la segunda vuelta son la consecuencia de un país que sigue adorando a sus caudillos, un país que se acostumbró tanto a morir en la guerra que le asusta la idea de vivir en paz, y donde es políticamente rentable odiar a los ricos por ser ricos y revictimizar a los pobres por ser pobres.

Muchas veces expliqué por qué apoyaba a De la Calle y por qué los extremos —tan llenos de populismos, rencores y deudas pendientes— serían nefastos para Colombia. Me queda la tranquilidad de haber votado a conciencia y la intranquilidad de no haber sido más convincente.

Anoche —con altura y humildad, con firmeza y transparencia— De la Calle dijo que se retira de la vida electoral y que seguirá hasta el último día dedicado a salvar la paz de Colombia. ¡Listos! No necesito más. Me agarro de ese pensamiento/acción positivos, para saber que trabajaré por esa visión suya de inclusión, valor y confianza, y no volver “a la guerra nunca más”. ¡Ánimo! Nos derrotaron en las urnas, no en el corazón.

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