Soldados muertos y exguerrilleros asesinados

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El lunes los medios informaron que habían muerto cinco militares en la zona rural de Sardinata, Norte de Santander. Un día después reportaron que había sido asesinado un excombatiente de las Farc en Antioquia y un escolta de la Unidad de Protección. Aunque las precisiones del lenguaje no son el fuerte de las redes sociales, esta semana causó indignación la diferencia entre muerte y asesinato. Muchos se quejaron de que el verbo “morir” normaliza y minimiza la pérdida de soldados mientras que el verbo “asesinar” eleva esa pérdida en el caso del exguerrillero. La conclusión: a muchos medios les importa más la muerte de un ex-Farc que de los soldados del Ejército Nacional. De ahí la ira.

Pero sorprendentemente en este caso no hay un sesgo mediático. No es mala fe ni sesgo político decir que los soldados fueron muertos y el exfariano asesinado. Es el vocabulario exigido por las leyes de guerra. Un uniformado en ejercicio, de cualquier bando, es muerto en combate. La cosa cambia si el soldado está en su casa durmiendo un domingo. En ese momento, por fuera de la guerra, el soldado es asesinado. La distinción relevante y la que rige la designación muerte o asesinato es la de combatiente y no combatiente. La guerra es siempre horrible. Por algo la llaman un infierno. Las reglas de la guerra tratan, entre lo que se puede, de reducir el daño, en parte para humanizar en algo el conflicto y en parte para eventualmente poderlo acabar.

Una forma de hacerlo, y que en algo ha funcionado, es la de separar a los civiles de los soldados. Pero no para decir que la vida de los civiles valga más que la de los soldados, sino para decir que los segundos han aceptado asumir más riesgo que los primeros. Al aceptar su entrenamiento y su oficio, los soldados aceptan también dar un paso adelante en el peligro. Y es en este sentido que estoy de acuerdo con el espíritu de la indignación por la muerte de los soldados en Sardinata. Me entristece pensar que el país crea que los soldados han aceptado sacrificar su vida. Este está muy lejos de ser el caso. Los soldados han aceptado arriesgar su vida —no sacrificarla— por algo que valga la pena. Por cosas como la vida de la nación y de su historia, la justicia, la democracia, la protección de los más débiles y, en fin, cosas grandes como esas.

Es un riesgo noble y enaltecedor. Por eso duele que los soldados de Sardinata hayan muerto protegiendo la erradicación manual de cultivos de coca. El lío no es la comparación con los ex-Farc. El lío es que están peleando una guerra en la que el país no cree. No, no todos estamos de acuerdo en todo. Una parte cree que hay que legalizar. Otra que hay que combatir, pero donde les duela: en los laboratorios, en los químicos, en el producto terminado que les vale millones. Los más expertos hablan de una estrategia “blended” (no la han llamado así, pero no demoran): medio combatir, medio legalizar. Pero nadie, de verdad nadie, cree que a punta de arrancar una plantucha que crece hasta en las piedras vayamos a lograr recuperar soberanía sobre el territorio nacional y frenar todos los crímenes (esos sí horribles) que están junto y detrás del narcotráfico. Entonces, ¿por qué estamos permitiendo que se envíen tan vanamente soldados al peligro?

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