Por: Nicolás Uribe Rueda

Sólo una buena implementación salva un mal proceso

El proceso de paz es un hecho consumado desde el punto de vista político e institucional y, como tal, es necesario implementarlo de la mejor manera posible, aunque subsistan los mismos reparos y prevenciones que surgieron desde cuando se conocieron por primera vez las filtraciones de los textos que se negociaban en La Habana. No se trata de un cambio de opinión; es simplemente una aproximación pragmática, que sugiere desde múltiples aristas que desmontar lo construido hasta ahora es peor que seguir adelante.

Por tanto, una agenda política, orientada por ejemplo a acabar con la JEP o a sacar a estas alturas a los criminales de lesa humanidad del Congreso, me parece inconveniente, aunque nunca he dejado de pensar que fue un grave error haber creado esa jurisdicción desarticulada y sin controles y permitido una simbólica absolución política de criminales sin pasar por el cedazo de la justicia, sin reparar y sin pedir perdón. Suena paradójico, pero es cierto; a estas alturas es necesario implementar una serie de correcciones al proceso de paz, incluso en contra de quienes lo promovieron, para que al propio proceso de paz le vaya bien.

Y claro, en esta misma línea de argumentación, es obvio que entre más mal salga el proceso de paz en la etapa de implementación, es peor para todos los colombianos. Y por eso no hay nada que deba celebrarse con ocasión de la fuga anunciada de Santrich. Por más excusas y lágrimas de cocodrilo, este episodio le pasa factura costosa a la ya desacreditada institucionalidad de paz, que actuó tarde, ingenuamente y salió derrotada por un peligroso criminal que abusó de ella y de sus candorosas intenciones. Tal vez ningún episodio en la justicia colombiana involucra a tantos jueces de tantas jurisdicciones que no quisieron ver, a pesar de la cuantiosa evidencia, lo que pasaría y que finalmente sucedió. Equivocadamente creyeron que proteger a Santrich de sus propios desvaríos e incumplimientos era servir a la paz, cuando precisamente se trataba de todo lo contrario. Este incidente, como ningún otro, desprestigia el proceso, pone en evidencia el sesgo de la justicia y da razón desde múltiples perspectivas a los críticos del acuerdo.

Por eso, vale la pena entender con franqueza y sin ambigüedades la realidad del proceso de paz con las Farc, y asumir de una vez por todas que es mejor un mal proceso de paz bien implementado que el mismo proceso lleno de dificultades, yerros, abusos y contradicciones. Y en eso está el Gobierno, que pese a las críticas que recibe a diario, ha hecho más que nadie para que la implementación de lo acordado salga bien, incluso tragándose silenciosamente sus reservas de antaño. Y si no me creen, lean ustedes mismos los avances que narra el propio secretario general de las Naciones Unidas en su informe del pasado 27 de junio al Consejo de Seguridad.

Nota final: Mientras prohíben el glifosato al que califican de peligroso a la salud y dañino al ambiente con base en cuestionada evidencia teórica, los dueños de la coca, con sobrada evidencia práctica, siguen matando policías y líderes sociales, deforestando y contaminando el ambiente. La demora en la erradicación se cuenta en vidas, no en estudios.

@NicolasUribe

 

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